Acepté una excursión por dinero... y terminé perdido tres días en una montaña donde nadie quería entrar
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Anónimo
28/07/2026
4 min de lectura
Siempre me gustó la aventura, pero después de lo que viví hace dos años entendí que hay lugares donde la naturaleza siempre tiene la última palabra. Tengo 36 años y durante varios años trabajé como guía para turistas en una zona montañosa muy visitada. Conocía casi todos los senderos y nunca había tenido un accidente serio. Un viernes recibí la llamada de cuatro amigos que querían explorar una ruta poco conocida. Me ofrecieron pagarme el doble de lo normal porque decían que buscaban una experiencia diferente, lejos de los caminos turísticos. Acepté sin pensarlo demasiado. Antes de salir, un guardaparques me preguntó hacia dónde nos dirigíamos. Cuando le mencioné el nombre del sendero, hizo una pausa y me dijo algo que en ese momento me pareció exagerado: "Si el clima cambia, regresen de inmediato. Esa montaña no perdona". Nos reímos y seguimos nuestro camino. Las primeras horas fueron increíbles. Cruzamos ríos de agua cristalina, caminamos entre enormes árboles y llegamos a un mirador desde donde podía verse un valle entero cubierto por nubes. Todos estaban felices y no dejaban de tomar fotografías. Alrededor del mediodía el cielo cambió por completo. En menos de diez minutos apareció una neblina tan espesa que apenas podíamos ver a dos metros de distancia. Decidí regresar, pero el sendero había desaparecido bajo la niebla. Revisé el GPS y, para mi sorpresa, marcaba posiciones completamente diferentes cada pocos minutos. Pensé que era una falla del equipo. Seguimos caminando durante horas intentando encontrar alguna referencia, pero todo se veía exactamente igual. Al caer la noche entendimos que estábamos perdidos. Armamos un pequeño campamento improvisado y tratamos de mantenernos tranquilos. Lo peor llegó al amanecer. Descubrimos que uno de los chicos había desaparecido. Lo buscamos durante más de dos horas gritando su nombre hasta que lo encontramos sentado sobre una roca, completamente inmóvil. Cuando le pregunté qué hacía ahí, me respondió algo que todavía recuerdo: "Escuché a alguien llamándome desde el bosque. Pensé que eran ustedes". Ninguno de nosotros lo había llamado. Decidimos mantenernos siempre juntos. Sin embargo, el clima empeoró. Llovía sin parar, el frío era insoportable y la comida empezaba a acabarse. Pasamos dos noches durmiendo sobre el suelo mojado, compartiendo una sola manta térmica entre todos. El tercer día estábamos convencidos de que tendríamos que esperar un rescate, pero no teníamos señal y nadie sabía exactamente dónde buscarnos. Mientras caminábamos sin rumbo encontré unas huellas recientes sobre el barro. Eran botas de montaña. Pensé que pertenecían a algún rescatista y las seguimos durante casi una hora. Las huellas nos llevaron hasta una pequeña cabaña de madera escondida entre los árboles. Golpeé la puerta varias veces hasta que un hombre de unos setenta años salió con una linterna en la mano. Nos hizo pasar sin hacer preguntas. Encendió una estufa, nos dio café caliente y algo de comida. Cuando recuperamos un poco de fuerzas nos explicó que vivía allí desde hacía más de treinta años y que cada temporada encontraba excursionistas perdidos por culpa de la niebla. Al día siguiente nos acompañó por un sendero que ninguno de nosotros había visto antes y, en menos de cuarenta minutos, llegamos a la carretera principal. Los equipos de rescate ya nos estaban buscando. Todos abrazaban a sus familias mientras yo buscaba al anciano para agradecerle nuevamente. No estaba. Pregunté a los rescatistas si lo conocían. Uno de ellos frunció el ceño y me dijo que en esa montaña no existía ninguna cabaña habitada desde hacía más de veinte años, porque un incendio había destruido la única que había en esa zona. Pensé que estaba equivocado, así que insistí en volver con ellos al lugar. Caminamos casi dos horas siguiendo el mismo recorrido. Nunca encontramos la cabaña. Lo único que había era una base de piedra cubierta de maleza y los restos quemados de unas viejas vigas. Hasta hoy sigo haciendo excursiones, pero jamás vuelvo a entrar en esa montaña cuando el clima amenaza con cambiar. Porque, aunque nunca supe quién era realmente aquel anciano, estoy completamente seguro de una cosa: si esa mañana no hubiera abierto aquella puerta... ninguno de nosotros habría regresado para contar esta historia.
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