Cada madrugada aparecía una luz en la casa abandonada del cerro... hasta que decidí averiguar quién la encendía
Desde la ventana de mi habitación se veía una vieja casa construida en la cima de un cerro. Estaba abandonada desde hacía décadas. Las ventanas estaban rotas, el techo parcialmente derrumbado y la vegetación cubría gran parte de sus paredes. Los vecinos aseguraban que nadie vivía allí desde hacía muchísimo tiempo.
Sin embargo, todas las madrugadas ocurría algo extraño.
Exactamente a las dos y cuarto de la mañana aparecía una luz amarilla en una de las ventanas del segundo piso. Permanecía encendida durante unos diez minutos y luego desaparecía. La primera vez pensé que alguien habría entrado para pasar la noche. Pero la misma escena se repitió al día siguiente... y al siguiente... y durante varias semanas.
La curiosidad terminó ganándome.
Una tarde decidí subir hasta la casa antes de que anocheciera. El camino estaba cubierto de hojas secas y ramas caídas. Al llegar encontré la puerta principal abierta, moviéndose lentamente con el viento. Entré con cuidado. El interior estaba completamente vacío. Solo quedaban algunos muebles rotos, una escalera de madera muy antigua y una gruesa capa de polvo que cubría todo.
Lo que más me llamó la atención fue que no encontré señales recientes de que alguien hubiera estado allí. No había huellas, comida, basura ni objetos modernos. Todo parecía detenido en el tiempo.
Subí al segundo piso y entré en la habitación donde cada noche aparecía la misteriosa luz. Allí no había lámparas funcionando ni electricidad. Incluso los cables del techo estaban cortados desde hacía muchos años.
Pensé que quizá todo tenía una explicación sencilla relacionada con algún reflejo del exterior.
Aquella noche regresé antes de las dos. Me senté detrás de unos arbustos desde donde podía observar la ventana sin ser visto. El reloj marcó las dos y catorce. Todo seguía oscuro.
Un minuto después ocurrió nuevamente.
La habitación se iluminó con una luz cálida, como si alguien hubiera encendido una antigua lámpara desde el interior.
No vi ninguna silueta.
No escuché pasos.
Solo aquella luz inmóvil detrás del cristal roto.
Esperé varios minutos hasta que desapareció exactamente igual que siempre.
Al día siguiente comenté lo ocurrido con un vecino muy mayor. Me escuchó con atención y luego sonrió.
—No eres el primero que la ve —me dijo.
Según él, cuando era niño también observaba aquella luz junto a su abuelo. Le explicó que incluso sus padres hablaban del mismo fenómeno cuando eran jóvenes. Nadie había logrado descubrir qué la provocaba.
Durante las semanas siguientes seguí investigando. Revisé antiguos registros del pueblo y encontré un periódico donde se mencionaba que la vivienda perteneció a un matrimonio que vivió allí durante muchos años. Después de que ambos fallecieron con pocos meses de diferencia, la casa quedó abandonada y nunca volvió a ser habitada.
Lo curioso era que varios testimonios antiguos ya hablaban de la misteriosa luz muchos años después de que la propiedad quedara vacía.
Con el tiempo dejé de subir al cerro.
No porque tuviera miedo, sino porque entendí que no todas las preguntas encuentran una respuesta.
Meses después me mudé a otra ciudad por motivos de trabajo y casi olvidé aquella historia.
Hasta que una tarde recibí un mensaje de un antiguo vecino.
Solo decía: "La casa finalmente será demolida la próxima semana".
Sentí curiosidad y le pregunté si alguna vez habían descubierto el origen de la luz.
Su respuesta fue breve.
"No. Pero la noche anterior a la demolición volvió a encenderse exactamente a las dos y cuarto."
Unos días más tarde vi fotografías del lugar completamente despejado. La vieja casa ya no existía.
Lo extraño ocurrió esa misma noche.
Desperté sin motivo aparente y miré el reloj.
Eran las dos y cuarto de la madrugada.
En ese instante recibí otra fotografía enviada por el mismo vecino.
En el lugar donde antes estaba la casa... ya no había paredes, ventanas ni techo.
Solo un terreno vacío.
Y, en medio de la oscuridad, una pequeña luz amarilla seguía brillando exactamente donde antes estaba aquella habitación del segundo piso.
Desde entonces dejé de intentar encontrar una explicación. Porque algunas historias no permanecen en nuestra memoria por las respuestas que ofrecen, sino por las preguntas que nunca dejan de hacerse.
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