Descubrí una costumbre de mi abuelo que nadie entendía... años después supe que tenía una razón sorprendente
Cuando mi abuelo falleció, mi abuela nos entregó algunas de sus pertenencias. Entre ellas apareció la famosa libreta que siempre llevaba consigo. Todos creíamos que encontraríamos anotaciones importantes o recuerdos familiares, pero al abrirla nos llevamos una sorpresa. Cada página tenía únicamente una fecha, el estado del clima y una pequeña observación escrita con pocas palabras. Algunas decían: "Hoy floreció el primer jacarandá", "Regresaron las golondrinas", "El río bajó mucho esta semana", "La señora de la esquina volvió a sonreír después de varios días" o "El niño del parque ya aprendió a montar bicicleta". Eran detalles tan sencillos que al principio no entendimos por qué había dedicado más de treinta años a escribirlos.
La curiosidad pudo más y decidí investigar. Descubrí que mi abuelo había llenado diecisiete libretas iguales durante toda su vida. Entre todas reunían miles de pequeñas observaciones sobre el barrio donde vivíamos. No hablaba de grandes acontecimientos ni de noticias importantes. Registraba cosas que la mayoría de las personas jamás habría notado. La fecha en que florecía un árbol, el primer día de lluvia fuerte del año, cuándo llegaban ciertas aves, cómo cambiaban los jardines con las estaciones o cuándo un vecino volvía a abrir su negocio después de una larga ausencia.
Tiempo después un profesor universitario que estudiaba el comportamiento del clima en la región conoció la existencia de aquellas libretas. Le parecieron tan interesantes que pidió permiso para revisarlas. Gracias a las anotaciones de mi abuelo pudo comparar muchos cambios ocurridos durante décadas y comprobar cómo el barrio había ido transformándose con el paso del tiempo. Lo que para nosotros eran simples apuntes, para los investigadores se convirtió en un valioso registro histórico.
Cuando nos contaron aquello recordé una frase que mi abuelo repetía constantemente: "Las cosas importantes casi siempre pasan despacio. Por eso la mayoría no las ve". En ese momento entendí por qué nunca salía de casa con prisa. Mientras todos caminábamos mirando el reloj o el teléfono, él observaba los árboles, las personas, el cielo y todo aquello que cambiaba poco a poco sin que casi nadie lo notara.
Desde entonces adopté una pequeña costumbre. Cada vez que salgo a caminar intento guardar el teléfono durante unos minutos y simplemente observar lo que ocurre a mi alrededor. Me he dado cuenta de que el mismo camino nunca es exactamente igual. Un árbol cambia de color, una tienda nueva abre sus puertas, un vecino planta flores en su jardín o un grupo de niños convierte una calle cualquiera en el escenario de sus juegos. Son detalles muy pequeños, pero juntos cuentan la historia silenciosa de un lugar.
Hoy conservo una de aquellas libretas en mi biblioteca. No por el valor del papel, sino por todo lo que representa. Me recuerda que la curiosidad no siempre consiste en descubrir lugares lejanos o resolver grandes misterios. A veces basta con prestar atención a lo que ocurre todos los días frente a nosotros. Porque el mundo está lleno de pequeñas historias que pasan desapercibidas para quienes siempre tienen prisa, y quizá el mayor descubrimiento de todos sea aprender a mirar con calma aquello que siempre estuvo allí.
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