El día que deje de tomarme la vida tan enserio
Un lunes por la mañana decidí que mi vida necesitaba un cambio. Estaba cansado del estrés, de las preocupaciones y de sentir que todos avanzaban menos yo. Así que me levanté temprano, me miré al espejo y dije con mucha seguridad: «¡Desde hoy voy a vivir tranquilo! Nada me va a quitar la paz». Cinco minutos después, se me quemó el pan, derramé el café sobre mi camisa y descubrí que había dormido con un calcetín de cada color.
Mi tranquilidad duró menos que una oferta de internet. Salí de casa de mal humor y, cuando llegué al trabajo, un compañero me preguntó qué me pasaba. Le conté todo mi desastre matutino y me respondió: «Hermano, imagínate que mañana te despiertas y descubres que te queda una semana de vida. ¿De verdad te preocuparías por un pan quemado?».
Me quedé pensando. Tenía razón. Probablemente me preocuparía por otras cosas, pero definitivamente no por el pan. Ese día decidí hacer un experimento: durante una semana intentaría reírme de las pequeñas desgracias en lugar de enojarme por ellas. El martes perdí el autobús y, en vez de maldecir, caminé hasta la siguiente parada disfrutando del aire fresco.
El miércoles se me olvidó el almuerzo y terminé comiendo un sándwich que llevaba horas en mi mochila. No estaba delicioso, pero tampoco me pidió matrimonio nadie por comerlo. El jueves me equivoqué de chat y envié un mensaje que decía: «Hoy no tengo ganas de trabajar». Por suerte, se lo mandé a mi grupo de amigos y no al jefe. Aunque uno de mis amigos, que tampoco tiene filtro, respondió: «¡Por fin alguien está siendo honesto!». El viernes comprendí algo importante: la vida no se había vuelto más fácil, pero yo estaba dejando de complicarla. Seguían existiendo problemas, cuentas por pagar y días difíciles, pero ya no permitía que cada pequeño inconveniente me arruinara la jornada.
Desde entonces, cuando algo sale mal, intento preguntarme: «¿Esto seguirá importándome dentro de cinco años?». Si la respuesta es no, respiro y sigo adelante. Eso sí, todavía me enojo cuando se acaba el papel higiénico, porque la iluminación espiritual tiene sus límites. Moraleja:
No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos elegir cómo reaccionamos. A veces necesitamos menos preocupaciones y más sentido del humor. Porque la vida es demasiado corta para pasarla enfadados por un café derramado, una cola interminable o un lunes que parece tener treinta horas. Y recuerda: si hoy todo te sale mal, al menos tendrás una buena historia que contar mañana… siempre que no la cuentes en el grupo equivocado.
También te puede interesar
Otras historias de Reflexiones que quizá quieras leer.
El día que descubrí que estaba compitiendo con todo el mundo
Durante años viví convencido de que iba atrasado en la vida. Si un amigo compraba un automóvil, yo sentía que ...
Leer historia →
La habitación donde Raquel seguía viviendo
Hay ausencias que no se superan cerrando una puerta. Algunas se quedan viviendo en el corazón, esperando que u...
Leer historia →
El día que entendí que todavía podría cambiar
Durante mucho tiempo pensé que yo era una mala persona y que ya no había vuelta atrás. No lo decía para hacerm...
Leer historia →Comentarios
Todavía no hay comentarios
Sé la primera persona en compartir tu opinión sobre esta historia.
Inicia sesión o crea una cuenta para participar en la conversación.







