El día que quise ayudar y terminé siendo el problema
Nunca olvidaré el día en que intenté ayudar a mi hermana con una mudanza y terminé convirtiéndome en el peor enemigo de toda la familia. Todo comenzó un sábado a las ocho de la mañana, cuando mi hermana me llamó para pedirme un favor. Me dijo que necesitaba mover algunas cosas de su departamento porque había comprado un mueble nuevo y que, según ella, solo serían “unas cuantas cajas y una mesa pequeña”. Yo, ingenuamente, acepté. Ese fue mi primer error. Cuando llegué, descubrí que “unas cuantas cajas” significaba aproximadamente treinta cajas, tres maletas, una televisión, una mesa que pesaba como si estuviera hecha de concreto y una planta enorme que, según mi hermana, “no podía dejarse atrás porque era parte de la familia”. Le pregunté por qué no había contratado a alguien y me respondió: “Porque para eso tengo hermanos”. Desde ese momento supe que había sido utilizado.
Comenzamos a sacar las cosas por las escaleras porque el ascensor estaba ocupado. A la tercera caja ya estaba sudando como si hubiera corrido una maratón. Mi cuñado, que también estaba ayudando, bajaba cargando dos cajas a la vez y cada vez que pasaba junto a mí decía: “Vamos, campeón”. Yo no sabía si estaba animándome o burlándose de mi estado físico. En una de las vueltas mi hermana me entregó una caja y me dijo que tuviera mucho cuidado porque dentro había algo muy delicado. Yo la agarré con ambas manos y bajé lentamente. No respiraba. No hablaba. No quería ni estornudar. Cuando llegamos al auto, la dejé suavemente en el suelo y le pregunté qué había dentro. Mi hermana abrió la caja y sacó un montón de vasos de plástico que había comprado en una oferta. Me quedé mirándola. Ella me dijo: “Bueno, son delicados para mí”. Mi cuñado se tuvo que sentar de la risa.
Después llegó el momento de bajar la mesa. Ahí comenzó realmente el desastre. Era una mesa rectangular bastante grande y tuvimos que pasarla por una escalera estrecha. Mi hermana iba adelante, yo atrás y mi cuñado al costado dando instrucciones que nadie había solicitado. “Giren un poquito. No, para el otro lado. Más arriba. Más abajo. Cuidado con la pared”. Después de cinco minutos estábamos exactamente en el mismo lugar. La mesa no avanzaba. Yo estaba pegado a la pared y mi hermana atrapada entre la mesa y la baranda. En un momento alguien gritó “¡suéltenla!” y los tres soltamos la mesa al mismo tiempo. La mesa cayó dos escalones y quedó atravesada. Nos quedamos completamente quietos. Mi hermana me miró. Yo miré a mi cuñado. Mi cuñado miró la mesa. Finalmente dijo: “Bueno... técnicamente avanzó”.
Después de casi una hora conseguimos bajarla. Yo estaba decidido a terminar la mudanza lo antes posible, pero mi hermana tuvo otra brillante idea. Dijo que antes de irnos había que bajar una enorme caja que estaba guardada encima de un armario. Le pregunté qué había dentro. “Cosas viejas”, respondió. Esa frase debió haberme servido como advertencia.
Subí a una pequeña escalera, agarré la caja y empecé a bajarla. La caja estaba llena de cosas que mi hermana había guardado durante años: ropa vieja, juguetes, fotografías, cuadernos, adornos y quién sabe qué más. Cuando llegué al último escalón, escuché un ruido extraño dentro. Pensé que algo se había roto. Mi hermana me preguntó qué había pasado. Le dije que probablemente alguna decoración. Ella se acercó, abrió la caja y de repente salió corriendo.
—¡Hay una cucaracha!
Yo, que llevaba una caja de casi veinte kilos en los brazos, reaccioné como cualquier hombre valiente: solté la caja y salí corriendo detrás de ella.
La caja cayó.
La cucaracha salió disparada.
Mi cuñado, que estaba tomando agua, escupió todo.
Mi hermana gritaba.
Yo gritaba más.
Y la cucaracha, probablemente confundida por nuestro comportamiento, atravesó tranquilamente el pasillo como si fuera la dueña del departamento.
Después de varios minutos conseguimos acorralarla. Mi cuñado tomó una escoba y se acercó con actitud de cazador profesional. Levantó la escoba, apuntó y golpeó.
Falló.
Volvió a golpear.
Falló otra vez.
La cucaracha desapareció debajo del sofá.
Mi hermana nos miró y dijo:
—Si se mete en el sofá, yo no me mudo.
Mi cuñado respondió:
—Entonces la casa se queda aquí.
Yo dije:
—Yo me voy.
En ese momento escuchamos un grito desde el departamento de arriba.
Una señora preguntó:
—¿Todo bien?
Mi hermana, sin pensarlo, respondió:
—¡Sí! ¡Estamos matando una cucaracha!
La señora contestó desde arriba:
—¡Avísenme si necesitan ayuda!
Ahí fue cuando comprendimos que nuestro problema ya era público.
Finalmente conseguimos sacar la cucaracha y continuamos con la mudanza. Después de cuatro horas solo faltaba una cosa: la enorme planta que mi hermana consideraba un miembro de la familia. Era tan grande que no cabía bien en el auto. Intentamos ponerla en el asiento trasero, pero las ramas cubrían toda la ventana. Luego intentamos meterla en el maletero, pero no cerraba.
Mi hermana insistía:
—Tiene que venir.
Le respondí:
—La planta ocupa más espacio que tú.
—¡Porque es grande!
—Eso ya lo veo.
Después de discutir durante diez minutos, decidimos transportarla con el maletero parcialmente abierto. Mi cuñado se sentó atrás sujetándola para que no se cayera.
Yo conducía.
Mi hermana iba de copiloto.
A los cinco minutos de salir, un semáforo nos detuvo.
Un policía se acercó al auto.
Nos miró.
Miró la planta.
Volvió a mirarnos.
Yo bajé la ventana.
—Buenos días, oficial.
Él señaló la parte trasera.
—¿Qué están transportando?
Mi hermana respondió muy seria:
—Una planta.
El policía la miró.
—Eso lo veo. ¿Por qué está fuera del vehículo?
Mi hermana pensó unos segundos y dijo:
—Porque no entra.
El policía se quedó callado.
Yo intenté no reírme.
Mi cuñado, desde atrás, estaba escondido entre las hojas.
El policía volvió a mirar el auto.
—¿Y quién está ahí?
Mi cuñado levantó la mano entre las hojas.
—Buenas.
El policía cerró los ojos durante unos segundos, como si estuviera tratando de decidir si aquello era una broma.
Finalmente nos indicó que estacionáramos.
Nos explicó que no podíamos continuar así porque la carga no estaba asegurada correctamente. Mi hermana se puso a buscar una cuerda en todas las cajas.
Después de veinte minutos conseguimos sujetar la planta.
Continuamos.
Cuando finalmente llegamos al nuevo departamento, todos estábamos agotados. Subimos las últimas cajas y dejamos la planta en el balcón.
Mi hermana se acercó, la miró y dijo:
—Pobrecita, debe estar cansada.
Yo la miré.
—¿Cansada?
—Sí.
—¡Esa planta no cargó ni una sola caja!
Mi cuñado comenzó a reírse.
Mi hermana también.
Y entonces ocurrió algo que hizo que todos termináramos riéndonos durante varios minutos.
La planta tenía una etiqueta pequeña pegada al tronco.
Mi hermana la leyó.
Se quedó en silencio.
Le pregunté:
—¿Qué dice?
Me respondió:
—Dice que es una planta artificial.
Nos miramos.
Miramos la planta.
Miramos las treinta cajas que habíamos cargado.
Miramos las escaleras que habíamos subido y bajado durante cuatro horas.
Y mi cuñado dijo:
—Bueno... al menos nunca se va a morir.
Mi hermana se sentó en el suelo de la risa.
Yo también.
Y desde ese día, cada vez que alguien de mi familia me pide ayuda para una mudanza, mi respuesta es siempre la misma:
—Claro que sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Cuándo puedes?
—Nunca.
Porque después de haber cargado una planta artificial durante cuatro horas, comprendí que en esta vida hay favores que uno hace por amor...
y otros que uno hace por falta de inteligencia.
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