El hombre que aparecía en mis fotografías antes de conocerlo
Nunca creí en las cosas que no tienen explicación, hasta que descubrí a un desconocido en las fotografías de mi propia vida. Lo más aterrador no fue encontrarlo en una foto antigua, ni verlo parado detrás de mí en una imagen tomada durante mis vacaciones. Lo que realmente me hizo perder el sueño fue descubrir que aparecía en fotografías que todavía no había tomado.
Todo comenzó un domingo por la tarde, cuando decidí ordenar las cajas que mi madre había guardado en el depósito de la casa. Ella había fallecido hacía tres meses y yo todavía no me sentía preparado para deshacerme de sus cosas. Entre ropa antigua, cartas y álbumes familiares, encontré una caja de madera que nunca había visto. Estaba cerrada con una pequeña llave pegada debajo de la tapa. Dentro había fotografías, decenas de ellas, todas con fechas escritas en el reverso. Al principio sonreí al reconocer mi infancia: mi primer cumpleaños, el día que aprendí a montar bicicleta, las vacaciones en la playa con mis padres. Pero entonces encontré una fotografía que me hizo dejar de respirar por unos segundos. Yo tenía aproximadamente ocho años y estaba sentado en el jardín de la casa, sosteniendo un juguete.
Detrás de mí, junto a la puerta, había un hombre alto, vestido con un abrigo oscuro. Su rostro era pálido y tenía una expresión extraña, como si estuviera esperando algo. No recordaba haberlo visto jamás. Le di la vuelta a la fotografía. Mi madre había escrito una fecha y una frase con su letra: «Otra vez apareció». Sentí un escalofrío. ¿Otra vez? Busqué las demás fotografías y encontré al mismo hombre en una imagen de mi primera comunión, luego en una foto escolar y finalmente en una fotografía tomada el día del funeral de mi padre, cuando yo tenía diecisiete años. Siempre estaba al fondo, mirando directamente a la cámara. Nunca sonreía. Nunca parecía envejecer.
Esa noche llamé a mi tía Carmen, la única hermana de mi madre que seguía viva. Le envié una fotografía y le pregunté si reconocía al hombre. Durante varios segundos no respondió. Después escuché su respiración agitada al otro lado del teléfono. —¿Dónde encontraste eso? —me preguntó con una voz que jamás le había escuchado. Le expliqué que estaba ordenando las cosas de mi madre. —Escúchame bien —dijo—. No vuelvas a mirar esas fotografías. Tienes que deshacerte de ellas. Le pregunté por qué. Mi tía comenzó a llorar. Me contó que, cuando yo era pequeño, mi madre aseguraba que un desconocido aparecía cerca de la casa. Lo veía en la calle, detrás de las ventanas e incluso al otro lado de la habitación cuando creía que yo dormía. Mi padre pensaba que estaba agotada y necesitaba descansar. Nadie le creyó hasta una madrugada en que mi tía se quedó a dormir con nosotros. Según ella, despertó al escuchar pasos en el pasillo.
Al abrir la puerta, vio a un hombre parado frente a mi habitación. Cuando le preguntó qué hacía allí, él giró lentamente la cabeza y respondió: «Todavía no». Mi tía cerró la puerta de golpe. Cuando volvió a salir, el pasillo estaba vacío. Al día siguiente, mi madre encontró una fotografía sobre la mesa de la cocina. Era una imagen de ella dormida, tomada desde el interior de su habitación. Nadie sabía quién la había tomado.
No dormí aquella noche. Guardé las fotografías en un cajón y traté de convencerme de que todo tenía una explicación. Quizá mi madre había conocido a aquel hombre y nunca nos lo había contado. Quizá las imágenes estaban manipuladas. Necesitaba una respuesta, así que al día siguiente revisé el resto de la caja. Debajo de los álbumes encontré un sobre con mi nombre. Dentro había una carta de mi madre, escrita pocos días antes de morir. «Hijo, si alguna vez encuentras estas fotografías, necesito que me perdones por no haberte contado la verdad. Durante años hice todo lo posible para que no lo vieras. Tu padre también lo vio, pero prometió guardar silencio para protegerte. Si el hombre vuelve a aparecer, no intentes hablar con él. Y, por favor, nunca le preguntes qué quiere». Me quedé mirando la carta, incapaz de comprender por qué mi madre había vivido con tanto miedo. Entonces recordé algo que había olvidado: el día anterior había tomado una fotografía del jardín para publicarla en internet. Abrí mi teléfono, busqué la imagen y amplié la zona de la puerta. El hombre estaba allí. No al fondo, ni detrás de una ventana. Estaba parado junto a la entrada, mirando directamente hacia mí. Sentí que el corazón me golpeaba el pecho. Revisé la fecha de la fotografía: había sido tomada el día anterior, a las cuatro y doce de la tarde. La hora exacta en que yo había encontrado la caja.
Con las manos temblando, abrí la cámara del teléfono y fotografié el jardín desde la misma posición. No había nadie. Tomé otra fotografía. Nada. Una tercera. El jardín seguía vacío. Respiré aliviado y pensé que el cansancio estaba jugando con mi cabeza. Pero entonces recibí un mensaje de un número desconocido. Era una fotografía de mi casa, tomada desde la calle. En la ventana del segundo piso aparecía yo, mirando el teléfono. La imagen había sido tomada desde un ángulo imposible, porque aquella ventana daba hacia el patio trasero y no existía ninguna calle desde la que pudiera verse de esa manera. Debajo de la fotografía había una frase: «Tu madre me hizo esperar demasiado». Corrí hacia la ventana, aparté las cortinas y miré afuera. No había nadie. Cerré todas las puertas, apagué las luces y llamé a la policía. Mientras esperaba, volví a mirar la imagen del mensaje. Amplié el rostro del hombre que aparecía en el reflejo de la ventana. Esta vez pude distinguir sus ojos. Eran exactamente iguales a los míos.
A la mañana siguiente fui a casa de mi tía Carmen. Cuando le mostré la fotografía, se llevó una mano a la boca y comenzó a temblar. Luego me pidió que me sentara. Había algo más que nunca me había contado. Antes de que yo naciera, mi madre había tenido otro hijo. Un niño que murió pocas horas después del parto. Mi padre jamás quiso hablar de él y mi madre conservó su partida de nacimiento en secreto. Mi tía me entregó un documento antiguo. El nombre del niño era idéntico al mío. No solo eso: había nacido exactamente el mismo día y a la misma hora que yo, con un año de diferencia. Miré la fotografía del desconocido y sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies. Mi tía juró que el hombre de las imágenes no era mi hermano. Nunca había visto su rostro antes. Regresé a casa decidido a destruir las fotografías. Las metí en una bolsa, salí al patio y encendí una pequeña fogata. Una por una, las imágenes comenzaron a convertirse en cenizas. Cuando llegué a la última, descubrí que no era una fotografía antigua. Era una imagen de mi dormitorio, tomada desde la puerta, con mi cama vacía y una figura de pie junto a la ventana. En el reverso había una fecha: la del día siguiente. Debajo, con la letra de mi madre, solo había cuatro palabras: «Esta vez viene por ti».
No esperé al día siguiente. Hice una maleta y me fui a un hotel. Dormí con las luces encendidas y apenas cerré los ojos. A la mañana siguiente regresé a casa acompañado por un amigo. Revisamos todas las habitaciones, el jardín y el depósito. No encontramos nada extraño. Mi amigo se burló de mis temores y me dijo que necesitaba descansar. Para demostrarme que todo estaba bien, tomó una fotografía conmigo en la entrada. Sonreí a la fuerza y traté de olvidar lo ocurrido. Esa misma noche, cuando revisé la imagen, vi algo que mi amigo no había notado. Detrás de nosotros, reflejado en el cristal de la puerta, había un hombre con un abrigo oscuro. Estaba tan cerca de mí que su rostro aparecía junto a mi oído. Amplié la imagen hasta distinguir su boca. Parecía estar susurrándome algo. Aumenté el brillo de la pantalla y leí las palabras que se formaban en sus labios: «Ya te encontré».
Desde aquella noche no he vuelto a tomar fotografías. Cambié de casa, de ciudad e incluso de número de teléfono. Durante meses no ocurrió nada y comencé a creer que, de alguna manera, todo había terminado. Hasta esta mañana. Encontré una fotografía debajo de la puerta de mi apartamento. No tenía sobre, remitente ni fecha. Era una imagen tomada desde el interior de mi dormitorio mientras yo dormía. Al fondo, junto al armario, estaba el hombre del abrigo oscuro. Pero esta vez no miraba a la cámara. Me miraba a mí. Di la vuelta a la fotografía esperando encontrar otra frase de mi madre. En su lugar, encontré una nota escrita con una letra que reconocí inmediatamente: era mi propia letra. Decía: «Si estás leyendo esto, significa que todavía no recuerdas lo que hiciste». No entendí nada hasta que miré mi mano derecha. Tenía tierra debajo de las uñas y una pequeña herida en la palma. Entonces recordé un sueño que llevaba años teniendo: un pasillo oscuro, una puerta cerrada y alguien golpeando desde el otro lado mientras yo le suplicaba que me dejara salir. Me acerqué al espejo del baño y levanté la mano para tocar mi rostro. Mi reflejo tardó un segundo en imitarme. Después sonrió, aunque yo no lo hice. Y entonces escuché una voz detrás de mí, idéntica a la mía, que susurró: «Por fin te acordaste. Ahora me toca salir a mí».
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