El Secreto Bajo la Madera: El Caso No. 13
Ficción / Paranormal / Terror
Creada Por el Rincón del Bar.
En la larga historia de nuestro bar, hay fechas que desdibujan la línea entre el servicio nocturno y la pesadilla pura. El 31 de octubre es una de ellas. Mientras la mayoría celebra entre disfraces y risas, los muros viejos de El Rincón del Bar guardan silencios que se remontan a más de un siglo. Y entre todos esos silencios, ninguno es tan aterrador como el "Caso No. 13", ocurrido en la noche de Halloween de 1923.
Aquella noche, el bar no era el lugar acogedor que conocemos. Una tormenta feroz azotaba la ciudad, y la lluvia golpeaba las ventanas con la fuerza de nudillos desesperados. El último cliente se había marchado hacía horas, dejando a Julián, el joven tabernero, solo con el zumbido de las lámparas de gas y el crujido de la madera. El aire, sin embargo, estaba cargado de algo más que humedad; un olor denso a tierra mojada y ceniza antigua empezó a filtrarse desde el sótano.
Julián, cansado y con ganas de cerrar, decidió ignorar el olor y concentrarse en la limpieza. Se acercó a la larga y robusta barra de madera, el corazón del bar, traída desde un antiguo galeón naufragado. Al apoyar el paño húmedo, notó que la superficie estaba extrañamente fría, casi gélida. Al levantar el paño, un grito se ahogó en su garganta.
No era una mancha de vino. Era una huella de ceniza fría, perfectamente formada por cinco dedos largos y descarnados.
Paralizado, Julián observó cómo, desde el borde oscuro de la barra, una mano pálida y esquelética emergía lentamente, como si la madera misma fuera un portal de carne y huesos. A esa mano le siguió otra, y luego otra. Decenas de brazos fantasmales, envueltos en jirones de ropa antigua y cubiertos de un musgo esmeralda bioluminiscente que brillaba con una luz enfermiza, brotaban de la madera.
Las figuras no tenían rostro, solo cuencas oscuras y vacías que irradiaban un odio helado. No emitían gritos, solo un susurro colectivo y arrastrado que repetía una y otra vez: "Nuestra ronda... nuestra última ronda..."
Julián retrocedió, tropezando con las mesas, mientras las manos se extendían hacia él, agarrando botellas de la repisa y vasos vacíos, que se llenaban instantáneamente con un líquido oscuro y espeso que olía a olvido. Una mano se cerró alrededor del tobillo de Julián con la fuerza del hierro, y el frío le subió por la pierna como veneno.
En el gran espejo antiguo detrás de la barra, la única luz venía del resplandor espectral de las manos. La imagen reflejada era una escena de caos absoluto, pero cuando Julián, con un último esfuerzo de voluntad, miró hacia el mostrador real, la barra estaba vacía. No había manos, ni musgo, ni líquido oscuro.
El susto fue tal que Julián dejó el bar esa misma noche. Solo quedó una prueba tangible del "Caso No. 13": una copia del acta policial, envejecida y manchada, que aún se conserva en los archivos del bar. En ella, se lee una nota manuscrita: "Se prohíbe el acceso. No se encontró rastro de J."
Desde entonces, cada noche de Halloween, los que conocemos la historia miramos de reojo la barra, preguntándonos si las marcas de ceniza reaparecerán. Porque en El Rincón del Bar, sabemos que la madera tiene memoria, y a veces, los muertos vuelven para reclamar su última ronda.
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