El susurro en la barra vacía
Paranormal / Historias de Terror / Ficción
Creada por el Rincón del Bar
Hay reglas no escritas entre los que atienden un bar de madrugada: nunca apagues todas las luces de golpe, no dejes copas a medio llenar al cerrar y, sobre todo, si escuchas que alguien te llama por tu nombre cuando ya le echaste el cerrojo a la puerta... jamás regreses a mirar.
Esteban llevaba meses trabajando en el turno nocturno. Aquella noche de octubre, el ambiente estaba insoportablemente frío. Para las tres de la mañana ya no quedaba ni un solo cliente. Solo se oía el zumbido distante de las refrigeradoras y el choque metódico de las copas que Esteban lavaba detrás de la barra.
De pronto, un olor denso a humedad y tierra mojada invadió el ambiente.
Al levantar la vista, el reflejo en la cristalería colgante le devolvió una imagen que le heló la sangre: en la mesa del rincón más oscuro, donde la luz del farol de la calle no llegaba, había una figura encorvada. Era una mujer. Tenía el vestido empapado, manchado de barro, y el cabello largo y enmarañado le caía completamente sobre el rostro.
—Ya estamos cerrados... —logró decir Esteban con la voz temblorosa, aferrando la franela de secar.
La mujer no se movió, pero un aliento gélido recorrió el cuello de Esteban, tan cerca que sintió cómo se le erizaba la piel. Al mismo tiempo, las botellas de la repisa empezaron a vibrar suavemente, tintineando unas contra otras.
Lentamente, la figura del rincón comenzó a levantar la cabeza. No tenía rostro. Bajo la maraña de cabello húmedo solo había una cavidad oscura y vacía, de la que brotó un susurro ahogado, como si saliera del fondo de un pozo:
—Te llevo esperando toda la noche...
El foco central sobre la barra parpadeó violentamente y se reventó con un chasquido sordo, dejando el lugar en completa penumbra. En medio de la oscuridad, Esteban escuchó el sonido claro de unos pasos con zapatos mojados caminando desde la mesa directamente hacia la barra, arrastrándose cada vez más rápido.
Cuando logró encender la linterna del teléfono con las manos temblando, no había nadie frente a él. Pero al bajar la mirada hacia la barra de madera, vio marcadas con ceniza fría cinco huellas de dedos largos y descarnados... justo donde él tenía apoyadas las manos un segundo antes.
Esa misma noche, Esteban dejó las llaves sobre el mostrador y nunca más volvió a abrir el local.
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