El viaje a la playa que nadie debía recordar
Nunca debimos alquilar esa casa.
Eso es lo primero que tengo que decir.
Éramos seis amigos de la universidad y llevábamos meses hablando de hacer un viaje juntos. Siempre pasaba lo mismo: uno no podía, otro no tenía dinero, otro tenía que estudiar y otro simplemente desaparecía cuando tocaba organizar.
Hasta que un viernes, después de terminar un examen que casi nos destruye, alguien dijo:
—Nos vamos a la playa mañana.
Y, contra todo pronóstico, todos dijimos que sí.
Éramos tres hombres y tres mujeres.
Estaba yo, Diego, que siempre terminaba metido en problemas.
Mateo, que se creía irresistible.
Lucas, que era el único que parecía tener sentido común.
Y ellas: Valeria, Camila y Sofía.
Valeria era mi mejor amiga.
El problema era que yo llevaba casi un año enamorado de ella.
Y nadie lo sabía.
O eso creía.
Salimos el sábado a las seis de la mañana.
A los veinte minutos, Mateo ya estaba cantando canciones horribles.
A los cuarenta, Camila quería bajarse.
A la hora, Lucas amenazó con dejarnos en la carretera.
Y a las dos horas, Valeria estaba dormida apoyada sobre mi hombro.
Yo llevaba veinte minutos sin moverme porque tenía miedo de despertarla.
Mateo me miró por el espejo y sonrió.
—Estás enamorado.
—Cállate.
—Estás demasiado enamorado.
—Te juro que te bajo del carro.
—No puedes. Soy quien tiene las llaves.
Valeria abrió los ojos.
—¿De qué hablan?
Mateo respondió inmediatamente:
—De Diego.
—¿Qué hizo?
—Nada. Ese es el problema.
Ella se rio.
Yo quise desaparecer.
Cuando llegamos a la playa, todo empezó bastante bien.
Sol, música, comida, cerveza para los mayores de edad del grupo y una casa enorme que, según el anuncio, tenía "capacidad para seis personas".
El anuncio mentía.
La casa tenía capacidad para seis personas si seis personas aceptaban dormir una encima de otra.
Había dos habitaciones.
Una tenía una cama matrimonial.
La otra tenía dos camas pequeñas.
Y el sofá era básicamente una tabla con cojines.
Lucas nos miró.
—Bueno. ¿Cómo repartimos?
Mateo levantó la mano.
—Yo con Camila.
Camila le lanzó una almohada.
—Ni muerto.
Sofía se rio.
Valeria me miró.
—Tú y yo podemos dormir en el sofá.
Mi cerebro dejó de funcionar.
—Sí.
Mateo se empezó a reír.
—Miren al señor "sí".
—Cállate.
La tarde fue perfecta.
Jugamos vóley.
Nos metimos al mar.
Hicimos competencias absurdas.
Y, por supuesto, Mateo tuvo la brillante idea de organizar un juego.
"Verdad o reto."
Nunca debimos aceptar.
La primera ronda fue inocente.
Lucas tuvo que bailar una canción ridícula.
Camila tuvo que llamar a su ex y preguntarle si todavía pensaba en ella.
Y entonces le tocó a Valeria.
Mateo sonrió.
—Verdad o reto.
—Reto.
—Tienes que darle un beso a la persona de este grupo que te parezca más atractiva.
Todos empezaron a gritar.
Yo me reí nerviosamente.
—Eso no vale.
—Las reglas son las reglas —dijo Mateo.
Valeria miró a todos.
Primero a Lucas.
Después a Mateo.
Después a Camila.
Y finalmente me miró a mí.
Se levantó.
Caminó hacia mí.
Y me dio un beso rápido.
Todo el mundo gritó.
Yo me quedé completamente congelado.
Ella volvió a sentarse.
—Listo.
Mateo casi se cae de la silla.
—¡¿QUÉ?!
Valeria se encogió de hombros.
—Me tocó elegir.
Yo no sabía ni cómo respirar.
Esa noche fuimos a una fiesta cerca de la playa.
Y ahí las cosas se complicaron.
Mateo desapareció durante una hora.
Cuando volvió, tenía una pulsera que nadie reconocía.
Lucas había terminado discutiendo con un tipo porque creyó que estaba coqueteando con Camila.
Sofía había perdido su celular.
Y yo llevaba veinte minutos buscando a Valeria.
La encontré sentada sola frente al mar.
Me senté junto a ella.
—¿Estás bien?
—Sí.
Hubo silencio.
Después dijo:
—¿Te molestó el beso?
La miré.
—No.
—Parecías sorprendido.
—Porque lo estaba.
Ella sonrió.
—¿Por qué?
No respondí.
Ella me miró durante unos segundos.
—Diego...
—¿Sí?
—¿De verdad nunca te has dado cuenta?
—¿De qué?
Suspiró.
—De que yo también te miro.
Sentí que el corazón me golpeaba en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que tú te dieras cuenta de que me gustabas.
Me quedé callado.
—¿Cómo sabías?
Se rio.
—Porque eres pésimo ocultándolo.
Nos quedamos mirando el mar.
Y entonces nos besamos.
Esta vez ninguno estaba jugando.
Fue un beso tranquilo, torpe y perfecto.
Hasta que escuchamos una voz detrás.
—¡POR FIN!
Nos separamos.
Mateo estaba parado a unos metros con Lucas y las chicas.
—¡Les dije que estaban enamorados! —gritó.
—¿Nos estaban siguiendo? —pregunté.
Lucas respondió:
—No.
Miró a Mateo.
—Él nos trajo.
—¡Porque sabía que iba a pasar!
Valeria empezó a reírse.
Yo también.
Y esa fue probablemente la última noche tranquila que tuvimos.
Porque al día siguiente nos despertó un ruido horrible.
Un golpe.
Después otro.
Y luego un grito.
—¡¿QUIÉN DEJÓ LA PUERTA ABIERTA?!
Salimos corriendo.
Una ola enorme había entrado al patio y se había llevado parte de nuestras cosas.
Las sillas.
Una sombrilla.
Dos toallas.
El celular de Sofía.
Y, misteriosamente, un zapato de Mateo.
Todos corrimos detrás de las cosas mientras nos moríamos de risa.
Terminamos empapados, llenos de arena y completamente destruidos.
Cuando finalmente regresamos a casa, Lucas miró el desastre.
—Nunca más vuelvo a viajar con ustedes.
Camila respondió:
—El próximo mes repetimos.
Todos gritamos:
—¡SÍ!
Lucas se tapó la cara.
Dos años después seguimos siendo amigos.
Mateo todavía cuenta aquella historia como si hubiera sido el protagonista.
Lucas sigue diciendo que fue el peor viaje de su vida.
Sofía todavía culpa a Mateo por su celular.
Y Valeria...
Bueno.
Valeria y yo llevamos casi dos años juntos.
A veces me pregunta qué recuerdo de aquel viaje.
Yo siempre le digo:
—El beso.
Ella se ríe.
—¿Solo eso?
Entonces le respondo:
—No. También recuerdo que perdimos un zapato, casi nos lleva el mar y dormimos seis personas en una casa hecha para cuatro.
Ella me mira.
—Y aun así quieres volver.
—Contigo, sí.
Y ella siempre termina diciendo lo mismo:
—Entonces la próxima vez escogemos una casa con más habitaciones.
Porque, después de aquel viaje, aprendimos dos cosas:
Nunca dejar a Mateo organizar una salida.
Y nunca jugar "verdad o reto" con seis universitarios que tienen demasiados secretos.
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