Fui a Quistococha con mis amigos por una tarde... y terminé viviendo la aventura más divertida de mi vida
Nunca pensé que una simple salida a Quistococha terminaría convirtiéndose en una de esas historias que uno cuenta tantas veces que todos los amigos ya se saben el final.
Era un sábado caluroso en Iquitos y tres amigos y yo decidimos pasar la tarde en el Complejo Turístico de Quistococha, conocido por su laguna, su playa de arena blanca y sus espacios rodeados de naturaleza amazónica. Salimos temprano convencidos de que sería un día tranquilo. La idea era caminar, conocer el lugar, tomar algunas fotografías y descansar un rato junto a la laguna. Todo comenzó perfectamente, hasta que a uno de mis amigos se le ocurrió decir: "Hoy vamos a explorar como si fuéramos aventureros de verdad". Nos reímos porque ninguno de nosotros tenía cara de explorador. Yo llevaba unas sandalias que no servían precisamente para caminar por la selva y otro de mis amigos había llevado una mochila llena de cosas que ni siquiera necesitábamos.
Empezamos recorriendo los senderos y mirando los animales del lugar. Cada pocos minutos alguien se detenía para tomar una fotografía y, como suele pasar entre amigos, terminábamos haciendo bromas sobre quién salía peor en las fotos. Después llegamos cerca de la laguna y decidimos alquilar un bote. Yo dije que sabía remar perfectamente porque había usado uno alguna vez, pero después descubrimos que aquella afirmación había sido bastante exagerada. Apenas empezamos a avanzar, remé hacia un lado y el bote comenzó a girar lentamente sobre sí mismo. Mis amigos se empezaron a reír mientras yo intentaba convencerlos de que todo estaba bajo control. Después de varios minutos finalmente logramos avanzar en línea recta, aunque terminamos bastante lejos del lugar donde queríamos llegar. Cuando regresamos a la orilla pensé que la aventura había terminado, pero uno de mis amigos encontró una pequeña rana cerca del camino y decidió tomarle una fotografía. El problema fue que todos quisimos acercarnos al mismo tiempo y terminamos formando una fila de personas intentando fotografiar una rana que probablemente solo quería que la dejáramos tranquila. Seguimos caminando y, mientras conversábamos, nos dimos cuenta de que habíamos tomado un camino diferente al de la entrada.
No estábamos realmente perdidos, pero ninguno quería admitir que no sabía exactamente dónde estábamos. Caminamos unos minutos hasta encontrar un punto conocido y finalmente reconocimos el camino. Nos reímos tanto de nuestra supuesta "gran expedición" que decidimos bautizar el recorrido como "la exploración de los cuatro aventureros perdidos". Más tarde nos sentamos cerca de la playa para descansar y comer algo. Fue allí donde ocurrió el momento más divertido del día. Uno de mis amigos dejó su gorra sobre la arena y se distrajo conversando. Cuando regresó por ella descubrió que una ráfaga de viento la había llevado varios metros. Salió corriendo detrás de la gorra mientras nosotros lo seguíamos riendo. La gorra terminó atrapada cerca de unos arbustos y, después de recuperarla, regresó orgulloso como si hubiera completado una misión imposible. Al final de la tarde nos sentamos frente a la laguna viendo cómo cambiaba la luz entre los árboles.
Ya no importaba que hubiéramos remado mal, tomado caminos equivocados o pasado buena parte del día riéndonos de nosotros mismos. Lo que realmente había hecho especial aquella salida era que ninguno estaba pendiente del teléfono ni preocupado por el trabajo o las obligaciones. Simplemente estábamos disfrutando el momento. Regresamos a Iquitos cansados, con muchas fotografías y una historia que todavía seguimos contando. Desde entonces, cada vez que alguien propone hacer una aventura, uno de mis amigos siempre dice: "Pero esta vez que no maneje el bote él". Y todos terminamos riéndonos. Aquella tarde me enseñó algo sencillo: no necesitas viajar muy lejos ni vivir una experiencia extraordinaria para tener una gran aventura.
A veces basta con reunir a buenos amigos, visitar un lugar hermoso y estar dispuesto a reírte de tus propios errores. Porque al final, los mejores recuerdos no siempre son los que salen perfectos en las fotografías, sino aquellos que años después todavía consiguen hacernos reír.
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