La casa donde nadie debía entrar después de las doce
Nunca fui una persona que creyera demasiado en historias de terror. Siempre pensaba que los ruidos extraños tenían una explicación, que las sombras eran producto de la poca luz y que las historias sobre casas abandonadas se exageraban con el paso de los años.
Sin embargo, hace unos años acepté cuidar una antigua casa que pertenecía a un familiar de un amigo y terminé viviendo una experiencia que, hasta hoy, prefiero no intentar explicar demasiado. La casa estaba ubicada en las afueras de un pequeño pueblo, rodeada de árboles y bastante alejada de otras viviendas. Era grande, antigua y llevaba varios meses vacía.
Mi amigo necesitaba viajar por trabajo y me pidió que permaneciera allí durante unos días para cuidar el lugar y revisar que todo estuviera en orden. Antes de entregarme las llaves me hizo una recomendación que en ese momento tomé como una simple broma: "Después de las doce de la noche, no subas al segundo piso". Me reí y le pregunté por qué. Solo respondió que la casa era vieja y que prefería que no tuviera ningún accidente durante la noche. No insistí. La primera noche transcurrió completamente normal. Preparé algo de comer, vi televisión durante un rato y cerca de las once me fui a dormir en una habitación de la planta baja. Poco después de medianoche escuché un ruido en el segundo piso. Parecía que alguien caminaba lentamente por el pasillo. Pensé que podía ser una rama golpeando alguna ventana, así que no le di importancia.
El sonido desapareció después de unos minutos y finalmente me quedé dormido. A la mañana siguiente subí para revisar las habitaciones. No encontré nada extraño, aunque descubrí que una de las puertas estaba abierta. Pensé que quizá había quedado así desde antes y continué con mis tareas. La segunda noche ocurrió algo parecido, pero esta vez escuché claramente tres golpes en el suelo, como si alguien hubiera dejado caer un objeto pesado. Miré el reloj. Eran las doce y diecisiete. Me levanté, encendí la luz del pasillo y subí algunos escalones. Cuando llegué al primer piso escuché un sonido proveniente del segundo. Era como una silla arrastrándose lentamente. Me quedé quieto durante varios segundos. Después todo volvió a quedar en silencio. No quise subir y regresé a mi habitación.
A la mañana siguiente llamé a mi amigo y le conté lo ocurrido. Hubo unos segundos de silencio al otro lado del teléfono. Finalmente me preguntó si había subido después de medianoche. Le dije que no. Entonces me respondió: "Perfecto. Sigue así". Esa respuesta me pareció extraña. Le pregunté nuevamente qué sabía sobre la casa, pero cambió de tema. La tercera noche decidí dejar una cámara en la escalera. Quería demostrarme a mí mismo que los ruidos tenían una explicación. Antes de dormir revisé que todo estuviera cerrado y coloqué la cámara apuntando hacia el segundo piso. Cerca de las doce y veinte escuché nuevamente los pasos. Esta vez fueron más claros. Primero uno. Después otro. Luego otro más. Parecía que alguien caminaba lentamente desde el fondo del pasillo hasta la escalera. Me quedé sentado en la cama escuchando. Después de unos segundos escuché algo que me puso la piel de gallina: tres golpes suaves en la puerta de mi habitación. No abrí. Permanecí completamente quieto. Los golpes volvieron a sonar. Tres veces. Después escuché una voz muy baja diciendo mi nombre. No respondí. Pasaron unos segundos y todo quedó en silencio. A la mañana siguiente revisé la cámara. Al principio no encontré nada extraño.
El pasillo permanecía vacío durante toda la grabación. Sin embargo, a las doce y veinte la imagen comenzó a presentar pequeñas interferencias. La pantalla se oscureció durante unos segundos y luego volvió a mostrar el pasillo. Lo extraño era que, cuando la imagen regresaba, una de las puertas del segundo piso aparecía abierta. Yo recordaba haberla dejado cerrada. Decidí llamar nuevamente a mi amigo y esta vez le exigí que me contara la verdad. Después de permanecer en silencio durante varios segundos me explicó que la casa había pertenecido a su abuelo y que, según la familia, durante muchos años existió una regla que todos respetaban: nadie debía subir al segundo piso después de medianoche. No porque hubiera ocurrido algo concreto, sino porque durante décadas diferentes familiares habían escuchado pasos, puertas abriéndose y golpes en las habitaciones. Algunos incluso aseguraban haber escuchado que alguien los llamaba por su nombre.
La familia siempre había intentado encontrar una explicación, pero nunca habían logrado hacerlo. Mi amigo me confesó que él tampoco creía en nada de eso, pero prefería respetar la tradición. Le dije que quería marcharme, pero me pidió que esperara hasta la mañana siguiente porque no tenía forma de llegar inmediatamente. Acepté, aunque esa noche decidí dormir con las luces encendidas. Cerca de las once y media todo estaba tranquilo. A medianoche no ocurrió nada. A las doce y quince tampoco. Comencé a pensar que quizá todo había terminado. Entonces escuché un pequeño ruido sobre el techo. Después otro. Y otro más. Parecía que alguien caminaba lentamente sobre el piso del segundo nivel. Miré el reloj. Eran las doce y diecisiete. Recordé la noche anterior. Los pasos se acercaron lentamente hacia la escalera. Escuché un crujido en el primer escalón. Luego otro. Alguien estaba bajando. No sabía qué hacer.
Permanecí sentado, sin moverme, mientras escuchaba cómo aquellos pasos descendían lentamente. Cuando llegaron al último escalón dejaron de sonar. Miré hacia el pasillo. No había nadie. Entonces escuché tres golpes en la puerta principal. Me levanté y me acerqué lentamente. Pensé que quizá mi amigo había llegado antes de tiempo. Miré por la ventana. No había ningún automóvil. Los golpes volvieron a sonar. Tres veces. Decidí no abrir. Después de unos minutos escuché algo todavía más extraño. La misma voz que había pronunciado mi nombre la noche anterior susurró desde el otro lado de la puerta: "Ya puedes irte". No sé cuánto tiempo permanecí allí. Finalmente amaneció. Cuando salió el sol preparé mis cosas y abandoné la casa sin esperar a mi amigo. Horas después regresó conmigo para recoger algunas pertenencias. Le entregué las llaves y le dije que no quería volver a entrar. Antes de marcharme le pregunté si alguna otra persona había vivido algo parecido. Me respondió que sí, pero que nadie había querido hablar demasiado del tema. Meses después la casa fue vendida y nunca volví a saber qué ocurrió allí. Tal vez todos aquellos sonidos tenían una explicación. Tal vez la estructura antigua producía ruidos, las tuberías se movían con los cambios de temperatura y las cámaras simplemente fallaban. Incluso podría existir una explicación para la voz que escuché aquella noche. Quiero creerlo. Pero hay algo que todavía no puedo explicar. Antes de abandonar la casa revisé la cámara por última vez. Había una grabación que no había visto. Era de la noche anterior, exactamente a las doce y diecisiete.
En ella se veía el pasillo del segundo piso completamente vacío. Luego la puerta de una habitación se abría lentamente. Nadie salía. Nadie entraba. Solo se abría. Después, durante unos segundos, se escuchaban tres golpes. Y justo antes de que la grabación terminara, una voz muy baja decía claramente mi nombre. Desde entonces, cada vez que alguien me cuenta una historia sobre una casa antigua, siempre pienso en aquella recomendación que recibí antes de entrar: "Después de las doce, no subas al segundo piso". Ahora entiendo por qué algunas personas prefieren respetar ciertas reglas aunque no sepan exactamente de dónde vienen.
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