La cita
Siempre he pensado que uno conoce a sus verdaderos amigos cuando está en problemas. Después de aquella noche descubrí que también los conoce cuando deciden meterse en su vida amorosa sin que nadie se los pida.
Todo comenzó un viernes por la tarde. Estábamos reunidos en la casa de Diego, como casi todos los fines de semana. Éramos cuatro: Diego, Martín, Nico y yo. Mientras comíamos pizza y hablábamos de cualquier tontería, Diego soltó una frase que cambió completamente la noche.
—Ya sé qué te pasa.
—¿Qué me pasa? —pregunté.
—Que estás solo.
Los otros dos comenzaron a reírse.
—No estoy solo —respondí—. Estoy tranquilo.
Nico me miró seriamente.
—Eso dicen todos los que están solos.
Cinco minutos después decidieron que necesitaba una novia.
Yo intenté detenerlos, pero fue inútil. Martín aseguró que conocía a una chica "perfecta para mí". Según él, era divertida, inteligente, bonita y, sobre todo, "no hacía preguntas incómodas".
—¿Y por qué no hace preguntas? —pregunté.
—Porque habla muchísimo —respondió.
Aquella respuesta debió ser suficiente para que me fuera.
Pero me quedé.
Esa misma noche organizaron una supuesta salida entre amigos. Me dijeron que iríamos a cenar. Cuando llegamos al restaurante, vi a una chica sentada sola en una mesa.
Diego me dio una palmada en la espalda.
—Sorpresa.
—¿Qué sorpresa?
—Tu cita.
Quise desaparecer.
La chica se llamaba Andrea y, para mi desgracia, era bastante simpática. Empezamos a conversar y la conversación iba sorprendentemente bien.
Hasta que apareció el camarero.
—¿Van a pedir algo?
Andrea miró la carta.
Yo también.
Entonces escuchamos una voz detrás de una planta.
—Pide el pollo. Es bueno.
Era Nico.
Estaba escondido detrás de una planta.
Andrea levantó una ceja.
—¿Tus amigos están escondidos?
—No.
Desde detrás de la planta escuchamos:
—Sí.
Andrea comenzó a reírse.
Después descubrimos a Martín sentado en otra mesa fingiendo leer un periódico que estaba al revés.
Diego, por su parte, estaba en la barra tomando fotografías.
La cita ya se había convertido en un espectáculo.
Pero lo peor ocurrió cuando Andrea me preguntó:
—¿Y qué les dijiste sobre mí?
Antes de que pudiera responder, Diego apareció detrás de nosotros.
—Nada importante. Solo les dijimos que eres una chica muy bonita, que él está enamorado de ti desde hace meses y que seguramente esta noche terminarían besándose.
Me quedé congelado.
Andrea lo miró.
Después me miró a mí.
Y comenzó a reírse.
—¿Enamorado?
—No les hagas caso —dije.
—¿Y lo del beso?
—Tampoco.
Desde la otra mesa, Nico gritó:
—¡Todavía hay tiempo!
Quise enterrarme debajo de la mesa.
Pero, para mi sorpresa, Andrea se lo tomó con humor. Terminamos conversando durante horas y, cuando salimos del restaurante, ella me dijo:
—Tus amigos están completamente locos.
—Lo sé.
—Pero me caen bien.
Yo sonreí.
—A mí también, aunque algunas veces quiero golpearlos.
Ella se rio.
Antes de despedirnos, Andrea me preguntó:
—¿Te gustaría volver a salir conmigo?
La miré sorprendido.
—¿En serio?
—Sí. Pero la próxima vez solos.
—Me parece perfecto.
Entonces, desde un automóvil estacionado cerca, escuchamos un grito:
—¡FUNCIONÓ!
Los cuatro amigos estaban dentro del carro celebrando como si hubieran ganado un campeonato.
Andrea y yo nos miramos y comenzamos a reír.
Desde aquella noche seguimos saliendo.
Y mis amigos, por supuesto, se atribuyen todo el mérito.
Aunque yo siempre les digo lo mismo:
—Ustedes no consiguieron que tuviera una cita. Lo único que consiguieron fue que casi arruinara mi primera impresión.
Y Diego siempre responde:
—Pero funcionó.
Y, aunque me cueste admitirlo, tiene razón.
Porque a veces los amigos pueden ser unos completos idiotas...
pero también pueden ser los idiotas que necesitas en tu vida.
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