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Confesiones

La confesión que llevaba demasiado tiempo guardando

14/09/2026 5 min de lectura
La confesión que llevaba demasiado tiempo guardando

Hay algo que llevo demasiado tiempo guardándome.

No sé exactamente por qué nunca te lo dije. Quizá porque una vez que dices algo en voz alta, ya no puedes fingir que no existe. Y yo he sido bastante buena fingiendo.

Todo empezó mucho antes de aquella noche.

Al principio eras simplemente alguien que me caía bien. Alguien con quien podía hablar durante horas sin aburrirme. Después empezaron esas pequeñas cosas que, en su momento, parecían insignificantes.

Tus mensajes inesperados.

Las bromas que solamente nosotros entendíamos.

La manera en que buscabas cualquier excusa para acercarte cuando estábamos con más gente.

Y, sobre todo, tus miradas.

Esas eran imposibles de ignorar.

A veces estábamos hablando con otras personas y, cuando levantaba la mirada, te encontraba observándome. No decías nada. Simplemente sonreías, como si supieras perfectamente que te había descubierto.

Yo fingía que no me daba cuenta.

Pero sí me daba cuenta.

Muchísimo.

Y quizá ahí comenzó el problema.

Una tarde me escribiste simplemente:

"¿Qué haces esta noche?"

Te respondí:

"Nada. ¿Por?"

Tardaste unos minutos.

"Curiosidad."

Todavía me acuerdo de lo mucho que me hizo sonreír ese mensaje.

—Qué curioso eres —te contesté.

"Más de lo que imaginas."

Debí saber entonces que estabas jugando conmigo.

La noche de la reunión fue cuando todo se volvió más complicado.

Había música, gente hablando, vasos sobre la mesa y ese ambiente extraño en el que todos parecen un poco más valientes de lo habitual.

Yo intentaba comportarme con normalidad.

Tú no ayudabas.

Cada vez que pasabas cerca, hacías algún comentario que conseguía ponerme nerviosa. Si yo te respondía con una broma, tú sonreías como si hubieras ganado.

En un momento terminé junto a la ventana, intentando escapar un poco del ruido.

Entonces apareciste.

—Otra vez escondiéndote.

—No me estoy escondiendo.

—Claro que sí.

—¿Y qué pasa si lo estoy?

Te encogiste de hombros.

—Entonces tendré que encontrarte.

No supe qué contestar.

Y eso era raro, porque normalmente siempre tenía una respuesta para ti.

Te quedaste allí, a mi lado.

No demasiado cerca.

Pero tampoco demasiado lejos.

Y recuerdo perfectamente ese silencio.

Fue uno de esos silencios que parecen decir mucho más que cualquier conversación.

Entonces alguien desde la otra habitación gritó:

—¡Vamos a jugar a confesiones!

Regresamos con los demás.

Al principio todo fue divertido. Preguntas tontas, secretos ridículos, desafíos que nadie se tomaba demasiado en serio.

Hasta que llegó mi turno.

—Confesión o reto.

—Confesión.

La pregunta llegó inmediatamente:

—¿Hay alguien aquí que te guste?

Sentí que todo el mundo me miraba.

Y, sin pensarlo demasiado, cometí mi primer error.

Te miré.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Todos empezaron a reír.

—¡Lo sabía!

—¡Mira cómo se puso!

Yo intenté defenderme.

—No significa nada.

Entonces tú dijiste, tranquilamente:

—Déjenla.

Todos se callaron.

Sonreíste.

—Ya sabemos suficiente.

No sé por qué esa frase me puso todavía más nerviosa.

Más tarde, cuando la reunión estaba terminando, volví a salir al balcón.

Y, como si fuera inevitable, apareciste otra vez.

—¿Vas a seguir huyendo toda la noche?

—Quizá me gusta estar sola.

—No me lo creo.

Me crucé de brazos.

—¿Y tú qué sabes?

—Que cuando estás conmigo nunca quieres estar sola.

Me quedé callada.

Porque, por desgracia, tenía razón.

Entonces me miraste directamente.

—Lo de antes era verdad, ¿no?

—¿Qué cosa?

—Que hay alguien que te gusta.

Intenté bromear.

—¿Por qué te interesa tanto?

Sonreíste.

—Porque quiero saber si tengo alguna posibilidad.

Ahí estaba.

Por primera vez, sin bromas.

Sin excusas.

Sin esconderte detrás de una sonrisa.

Me quedé mirándote y sentí que todo lo que había estado intentando ocultar durante meses estaba a punto de salir.

—Quizá sí tienes una posibilidad.

Tu sonrisa cambió.

—¿Quizá?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Nos quedamos allí unos segundos.

No hizo falta decir nada más.

Y entonces te acercaste un poco.

No hiciste nada.

Solo te quedaste allí, mirándome, como si quisieras asegurarte de que yo también quería que ese momento continuara.

Y eso fue precisamente lo que más me gustó.

Porque no necesitabas apresurar nada.

El misterio era mucho más divertido.

Antes de regresar, me dijiste al oído:

—Por cierto, tú también me gustas.

Después entraste como si nada hubiera ocurrido.

Yo me quedé unos segundos completamente quieta.

Y cuando finalmente regresé a la habitación, intenté actuar con normalidad.

No funcionó.

Desde aquella noche las cosas cambiaron.

Ahora cada vez que nos vemos existe ese pequeño secreto entre nosotros.

A veces hablamos como si nada.

Otras veces basta una mirada para recordar aquella conversación.

Y lo peor es que creo que ambos disfrutamos demasiado de ese juego.

Así que sí.

Esta es mi confesión.

Me gustabas mucho antes de aquella noche.

Probablemente mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Me gustaban tus bromas, tus miradas, la manera en que conseguías ponerme nerviosa y, sobre todo, esa forma tuya de acercarte sin decir exactamente lo que estabas pensando.

Y quizá todavía me gustas.

Aunque ahora que finalmente lo sabes…

Creo que la parte más peligrosa es que ya no tengo ninguna razón para seguir fingiendo.

Y sinceramente, no sé qué va a pasar la próxima vez que estemos solos.

Pero algo me dice que ninguno de los dos va a querer comportarse como si aquella noche nunca hubiera ocurrido.

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