Terror
El terror es un género narrativo que utiliza la tensión, la incertidumbre y los ambientes inquietantes para explorar los miedos humanos. En esta categoría encontrarás historias sobre lugares abandonados, encuentros perturbadores, situaciones inexplicables y personajes que deben enfrentarse a circunstancias que desafían su tranquilidad. Los relatos pueden recurrir al suspense, a los secretos y a elementos sobrenaturales para construir una atmósfera de inquietud. Las narraciones ficticias se presentan como entretenimiento y no como pruebas de fenómenos reales; las experiencias personales, por su parte, deben entenderse desde el contexto y la perspectiva de quien las cuenta.

La sexta persona que apareció en nuestra foto

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Anónimo
09/10/2026 16 min de lectura
La sexta persona que apareció en nuestra foto

Nunca voy a olvidar aquella fotografía. Han pasado tres años desde lo que ocurrió en la casa de campo, pero todavía hay noches en las que despierto convencido de haber escuchado tres golpes en la ventana de mi habitación. Lo peor no es recordar lo que vimos aquella noche, sino saber que hay una parte de la historia que ninguno de nosotros se atreve a contar en voz alta. Éramos cinco amigos: Diego, Mateo, Camila, Valeria y yo, Nicolás. Teníamos entre veinte y veintitrés años y, como cualquier grupo de jóvenes, creíamos que las historias de fantasmas eran tonterías inventadas para asustar a los demás. Todo comenzó cuando Diego nos propuso pasar un fin de semana en una casa de campo que había pertenecido a su abuelo. Según él, el lugar llevaba varios años vacío, pero todavía conservaba electricidad, agua y muebles suficientes para pasar dos noches sin problemas. La casa estaba a casi una hora del pueblo más cercano, rodeada de árboles altos y un camino de tierra que parecía desaparecer entre la vegetación. A Camila no le gustó demasiado la idea desde el principio. —¿Y si aparece alguien por la noche? —preguntó mientras acomodaba su mochila en el automóvil. —¿Quién va a aparecer? ¿El fantasma de mi abuelo? —respondió Diego, riéndose. —Si aparece, que traiga algo para comer, porque yo no pienso compartir mis galletas —añadió Mateo. Todos nos reímos, incluso Camila, aunque después confesó que aquel lugar le producía una sensación extraña. Llegamos poco después de las cuatro de la tarde. La casa era más grande de lo que imaginábamos, con paredes de madera oscurecida, ventanas antiguas y un porche que crujía cada vez que alguien caminaba sobre él. Había un cobertizo a un lado, un pozo tapado en el patio trasero y un camino estrecho que se internaba en el bosque. Diego abrió la puerta con una llave oxidada. El olor a humedad nos recibió de inmediato. En el salón había un sofá cubierto con una sábana, una mesa de madera y un reloj detenido a las 3:17. Mateo lo señaló y soltó una carcajada. —Perfecto. Una casa vieja, un reloj muerto y un bosque oscuro. Solo falta que alguien diga que aquí asesinaron a una familia. —No empieces —le pidió Valeria. —Tranquila. Si aparece un fantasma, le cobro entrada. La tarde transcurrió sin problemas. Limpiamos algunas habitaciones, colocamos nuestras cosas y preparamos comida. Después salimos al patio para tomar fotografías antes de que oscureciera. El cielo tenía un color anaranjado y las copas de los árboles se movían lentamente con el viento. Diego colocó el teléfono sobre una pequeña mesa, activó el temporizador y corrió para ponerse junto a nosotros. Nos abrazamos, sonreímos y esperamos el destello de la cámara. —Esta va para el recuerdo —dijo Diego mientras recogía el teléfono. Nos acercamos para revisar la fotografía. Los cinco aparecíamos delante de la casa, despeinados por el viento y sonriendo como si estuviéramos en cualquier otro lugar. Pero detrás de nosotros, justo en la ventana del segundo piso, había alguien. Era una figura delgada, con el rostro pálido y el cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Parecía mirar directamente hacia la cámara. Durante unos segundos nadie dijo nada. —¿Quién estaba arriba? —preguntó Camila. Diego levantó la cabeza hacia la ventana. —Nadie. Hemos estado todos abajo. —¿Y esa persona? —insistió ella. Mateo tomó el teléfono y amplió la imagen. La figura parecía llevar una camisa clara. No se distinguían bien sus ojos, pero su rostro era demasiado definido para parecer una simple mancha en el cristal. —Puede ser un reflejo —dijo Mateo, aunque ya no sonaba divertido. —¿Un reflejo de quién? —pregunté. Nadie respondió. Diego entró en la casa para comprobar si había alguien en el segundo piso. Los demás lo seguimos. Subimos por una escalera estrecha que crujía bajo nuestros pies y revisamos cada habitación. Había dos camas, un armario viejo, varias cajas y una pequeña habitación vacía con una ventana que daba al patio. No encontramos a nadie. Tampoco había otra escalera ni una puerta por la que alguien pudiera haber escapado sin que lo viéramos. —Ya está —dijo Diego, intentando recuperar su seguridad—. Alguna sombra. La cámara hace cosas raras. Para demostrarlo, nos pidió que repitiéramos la fotografía. Esta vez nos colocamos junto a la puerta principal, con el segundo piso claramente visible detrás. El teléfono hizo la cuenta regresiva y tomó la imagen. Cuando la revisamos, sentimos que el estómago se nos encogía. La figura volvía a aparecer. Ya no estaba en la ventana del segundo piso. Ahora se encontraba al fondo del pasillo de entrada, detrás de Mateo. Y parecía estar mucho más cerca de nosotros. Mateo dejó de sonreír. —Borra esa foto —murmuró. —¿Por qué? —preguntó Diego. —Porque no quiero tenerla. Diego eliminó la imagen y guardó el teléfono. Acordamos no seguir con el tema. Todavía quedaban varias horas de luz y no queríamos arruinar el viaje por una fotografía extraña. Sin embargo, cuando llegó la noche, la casa comenzó a sentirse diferente. Encendimos las luces del salón, pusimos música y nos sentamos alrededor de la mesa con algunas bebidas y comida. Mateo contó una historia ridícula sobre un supuesto fantasma que perseguía a su vecino, y durante un rato volvimos a reírnos como antes. Entonces escuchamos pasos en el piso de arriba. Fueron lentos y pesados: tres pasos, una pausa y otros tres. La música continuó sonando, pero ninguno de nosotros volvió a hablar. Diego bajó el volumen. Los pasos se detuvieron. —¿Quién dejó algo arriba? —preguntó Valeria. —Nadie —respondió Diego. De pronto escuchamos un golpe en el techo. Después otro. Y otro más, justo encima de nuestras cabezas. Mateo se levantó tan rápido que su silla cayó al suelo. —Muy gracioso. ¿Quién está haciendo eso? Nadie contestó. Diego tomó una linterna y subió las escaleras. Yo fui detrás de él, aunque debo admitir que lo hice porque no quería quedarme solo con los demás. Revisamos las habitaciones y abrimos el armario. No había nada. Cuando llegamos a la última habitación, la puerta estaba entreabierta. Diego aseguró que la había dejado cerrada. Empujó la puerta con cuidado. La habitación estaba vacía, pero la ventana se encontraba abierta de par en par, a pesar de que todos la habíamos visto cerrada antes. Sobre el suelo había unas marcas de barro que iban desde la ventana hasta el centro de la habitación. Parecían huellas de pies descalzos. Las seguimos con la mirada. Se detenían frente al armario. Diego abrió las puertas de golpe. Solo había cajas y una manta vieja. Bajamos sin decir una palabra. Cuando contamos lo que habíamos visto, Camila comenzó a llorar. —Nos vamos ahora mismo —dijo. Diego intentó llamar a su padre para pedirle que viniera a buscarnos, pero el teléfono no tenía señal. Los demás tampoco podíamos conectarnos a internet. Decidimos esperar unos minutos y probar desde el patio. Fue entonces cuando alguien golpeó una de las ventanas del salón. Tres golpes suaves. Toc, toc, toc. Todos giramos la cabeza. La ventana daba al jardín y, más allá, solo se veía la oscuridad del bosque. Diego se acercó lentamente y apartó la cortina. No había nadie. —Será una rama —dijo, aunque no había ningún árbol lo bastante cerca para tocar el cristal. Entonces los golpes se repitieron, pero esta vez en la ventana de la cocina, al otro lado de la casa. Toc, toc, toc. Camila se tapó la boca. Valeria comenzó a repetir que quería irse. Mateo, pálido, sacó su teléfono y activó la cámara. —Voy a grabar esto. Si alguien está intentando asustarnos, lo vamos a descubrir. Caminó hacia la cocina y enfocó la ventana. Al principio no se veía nada. Después, en la pantalla, apareció un rostro al otro lado del cristal. Era el mismo de las fotografías. Pálido, inmóvil, con el cabello oscuro pegado a la frente. Mateo dejó escapar un grito y soltó el teléfono. El aparato cayó al suelo, pero la grabación continuó. La figura desapareció de la ventana. Enseguida escuchamos pasos corriendo por el exterior de la casa, como si alguien estuviera dando vueltas alrededor de nosotros. Diego cerró las cortinas y empujó una mesa contra la puerta principal. Yo miré la pantalla del teléfono de Mateo. La grabación seguía activa. Durante los últimos segundos, mientras nosotros gritábamos, se escuchaba una voz muy baja. Una voz que parecía venir de algún lugar dentro de la casa. Decía nuestros nombres. Uno por uno. Primero el de Diego. Después el de Camila. Luego el de Valeria. El de Mateo. Y finalmente el mío. Lo extraño era que la voz no sonaba como la de un desconocido. Sonaba como la mía. A las once y cuarenta y ocho, todas las luces se apagaron. Nos quedamos inmóviles en medio de la oscuridad. Diego buscó su linterna, pero las manos le temblaban tanto que se le cayó dos veces. Cuando finalmente logró encenderla, iluminó nuestros rostros. Éramos cinco. Entonces alguien llamó a la puerta principal. Tres golpes. Toc, toc, toc. —Por favor, abran —dijo una voz desde afuera. Era la voz de Diego. El verdadero Diego estaba a mi lado, sujetándome el brazo con tanta fuerza que me dolía. Nos miramos sin atrevernos a respirar. —Chicos, soy yo —continuó la voz—. Me he quedado afuera. Abran. Diego retrocedió lentamente. La voz volvió a hablar, esta vez con un tono de impaciencia. —Mateo, deja de hacerte el gracioso y abre la puerta. Mateo comenzó a negar con la cabeza. Nadie se movió. Entonces la voz pronunció una frase que nos heló la sangre. —Camila, sé que estás llorando. No tengas miedo. Estoy aquí. Camila soltó un sollozo. Aquello era imposible. La voz conocía lo que estaba pasando dentro de la casa, pero no podía vernos a través de las paredes. De pronto, el picaporte comenzó a girar lentamente. La mesa que habíamos colocado delante de la puerta se movió unos centímetros. Diego empujó contra ella con todas sus fuerzas. Mateo y yo lo ayudamos. Valeria buscó un lugar donde esconderse y Camila se aferró a ella. La puerta dejó de moverse. Durante unos segundos solo escuchamos nuestra respiración. Entonces, desde el otro lado, alguien comenzó a reírse. No era una carcajada fuerte, sino una risa suave y entrecortada, como la de una persona que intenta contenerse. Después escuchamos unos pasos alejándose por el porche. Creímos que se había marchado. Pero cuando Diego levantó la linterna hacia la escalera, vimos a alguien de pie en el segundo piso. Era una silueta delgada, con los brazos caídos a los costados. No podíamos distinguir su rostro desde abajo, pero todos supimos quién era. La figura inclinó lentamente la cabeza. Después levantó una mano y nos saludó. Camila gritó. Diego nos empujó hacia la cocina, donde había una puerta trasera que daba al patio. Corrimos sin recoger nuestras cosas. La puerta se abrió con dificultad y salimos al exterior. El aire frío nos golpeó la cara. El automóvil estaba estacionado a unos veinte metros, junto al camino. Corrimos hacia él. Diego buscó las llaves en sus bolsillos, las dejó caer y tuvo que agacharse para recogerlas. Detrás de nosotros, desde la casa, escuchamos que alguien abría la puerta principal. No miramos atrás. Nos metimos en el vehículo y Diego arrancó. El motor tardó unos segundos en responder, pero finalmente encendió. Salimos de allí levantando una nube de polvo y no paramos hasta llegar a la carretera principal. Cuando alcanzamos el pueblo, ya había amanecido. Nos detuvimos frente a una gasolinera y llamamos a nuestras familias. Nadie quiso hablar de lo ocurrido. Dijimos que habíamos pasado una noche horrible y que la casa estaba en malas condiciones. Durante los días siguientes intentamos convencernos de que todo había sido producto del miedo, de las sombras y de nuestra imaginación. Pero había algo que no encajaba. Mateo había conservado el teléfono con el que grabó a la figura. La grabación seguía allí. Dos semanas después, nos reunimos en su casa para verla con calma. Al principio aparecíamos los cinco bromeando en la cocina. Después se escuchaban los golpes, nuestros gritos y la voz que pronunciaba nuestros nombres. Pero había algo más que no habíamos notado aquella noche. Justo antes de que Mateo soltara el teléfono, la cámara había captado el reflejo de la ventana. En ese reflejo aparecíamos los cinco, agrupados en medio de la cocina. Y detrás de nosotros había una sexta persona. No estaba al otro lado del cristal. Estaba dentro de la casa, a menos de un metro de nuestras espaldas. Lo peor era que, mientras nosotros mirábamos hacia la ventana, aquella figura miraba directamente a la cámara y sonreía. Mateo pausó el video. Nadie quiso volver a reproducirlo. Durante los meses siguientes dejamos de reunirnos. Camila se mudó a otra ciudad y Valeria se negó a volver a dormir fuera de su casa. Diego vendió todo lo que había heredado de su abuelo y nunca más volvió a mencionar la propiedad. Yo intenté seguir con mi vida, hasta que una noche recibí una notificación en el teléfono. Era un recuerdo automático de una fotografía que había tomado tres años atrás. La aplicación había recuperado la primera imagen de aquella tarde, la que Diego había borrado. La abrí y sentí que el corazón se me detenía. La fotografía mostraba la casa, el jardín y a los cinco amigos sonriendo. Pero la figura ya no estaba en la ventana del segundo piso. Estaba detrás de nosotros, con el rostro pálido y los ojos fijos en la cámara. Y entonces me di cuenta de algo que nunca habíamos notado. En la fotografía original, Diego estaba a mi izquierda y Mateo a mi derecha. Camila y Valeria aparecían delante de nosotros. La sexta persona se encontraba justo en el centro, entre los cinco, como si siempre hubiera formado parte del grupo. Amplié la imagen hasta que pude distinguir su rostro. Era Mateo. Cerré la fotografía de inmediato y lo llamé. No contestó. Volví a intentarlo una y otra vez, hasta que finalmente respondió. —¿También te llegó? —me preguntó con la voz quebrada. Sentí un escalofrío. —¿Qué cosa? Mateo guardó silencio durante unos segundos. Después me dijo que llevaba varias noches recibiendo llamadas de un número desconocido. Al contestar, escuchaba su propia voz diciendo que abriera la puerta. Aquella mañana había encontrado una nueva fotografía en su teléfono. Era una imagen de su habitación, tomada mientras dormía. Al fondo, junto a la puerta, aparecía la figura pálida. —Nico, hay algo que nunca te conté —susurró—. La última noche en la casa, cuando corrimos hacia el automóvil, yo miré hacia la ventana del segundo piso. Vi a alguien observándonos. Pensé que era esa cosa, pero… hizo una pausa y empezó a llorar. —Tenía mi cara. No supe qué responder. Le dije que no saliera de su casa y que iría a verlo al día siguiente. Sin embargo, cuando llegué a su departamento, nadie respondió. El portero me dijo que Mateo había salido la noche anterior y todavía no había regresado. Sobre la mesa de la entrada había dejado su teléfono, apagado, junto a una fotografía impresa. Era la imagen de los cinco amigos frente a la casa de campo. La misma fotografía que había recibido yo. Solo que esta vez había siete personas. Mateo aparecía dos veces: una junto a nosotros y otra detrás del grupo, con el rostro pálido y una sonrisa imposible. En la parte posterior de la fotografía había una frase escrita a mano: «Ahora ya somos seis». Desde aquella noche no he vuelto a ver a Mateo. La policía no encontró señales de que alguien hubiera entrado en su departamento ni pudo determinar adónde fue. Diego insiste en que deberíamos dejar de investigar, que hay cosas que es mejor no comprender. Pero yo sé que algo sigue ocurriendo. Hace tres noches, mientras revisaba las fotografías de mi teléfono, encontré una imagen que no recuerdo haber tomado. Estoy sentado en mi habitación, de espaldas a la puerta, mirando la pantalla. La fotografía fue tomada desde el pasillo. Al ampliar la imagen, vi mi propio reflejo en la pantalla del teléfono. Y detrás de mí, junto a la puerta, estaba aquella figura. Esta vez pude verle los ojos. Eran exactamente iguales a los míos. Desde entonces duermo con la luz encendida. Anoche escuché tres golpes en la ventana. No me levanté. No miré hacia afuera. Pero una voz idéntica a la mía susurró desde el otro lado del cristal: «Nicolás, abre. Los chicos han vuelto. Solo falta que salgas tú».

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