La última mesa del bar
La primera vez que escuché hablar de la mesa número siete, pensé que era una de esas historias que los bares inventan para atraer clientes. Ya saben cómo funciona: un lugar oscuro, una leyenda antigua, un camarero que habla demasiado y una historia que cambia un poco cada vez que alguien la cuenta. En algunos sitios dicen que fue un asesino quien se sentó allí. En otros, que una mujer esperó durante tres noches a alguien que nunca llegó. También escuché que un hombre se suicidó en esa mesa después de escribir algo con sangre sobre la madera. Pero en El Rincón del Bar la historia era diferente. Mucho peor. Decían que la mesa número siete no pertenecía al bar. Decían que, algunas noches, aparecía sola. Y que cuando alguien se sentaba allí después de medianoche, el bar dejaba de tener una puerta de salida.
El Rincón del Bar estaba escondido en una calle estrecha, entre una lavandería cerrada y un edificio abandonado que llevaba años esperando ser demolido. Era un sitio viejo. Muy viejo. La fachada estaba cubierta de pintura negra descascarada y el letrero de neón tenía varias letras fundidas. Desde la calle podía leerse "EL RINCÓN DEL BAR", aunque algunas noches el neón fallaba y solo quedaban encendidas tres letras. Yo trabajaba allí desde hacía casi seis meses. Mi nombre es Daniel, tenía veintinueve años y había aceptado aquel empleo porque necesitaba dinero y porque, sinceramente, no encontraba nada mejor. El turno nocturno era tranquilo. La mayoría de los clientes llegaban después de las diez, bebían cerveza, hablaban de fútbol, discutían sobre política y se marchaban antes de las dos de la madrugada. A las tres, el bar quedaba prácticamente vacío.
El dueño, don Ernesto, era un hombre de unos sesenta años que parecía haber nacido cansado. Nunca sonreía, nunca hablaba de su vida y parecía conocer todos los secretos del viejo local. El primer día que entré a trabajar me dio una serie de instrucciones que me parecieron bastante normales, hasta que mencionó una regla extraña. "Después de las tres, no sirvas a nadie que se siente en la mesa siete", me dijo. Yo me reí, pensando que estaba bromeando. Le pregunté por qué. Ernesto me miró durante unos segundos y respondió: "Porque esa mesa no existe". Miré hacia el fondo del local. Allí había seis mesas. Las había contado varias veces. Seis. Le pregunté entonces por qué me hablaba de una séptima mesa. Él simplemente respondió: "Eso es precisamente lo que quiero que entiendas". Después de aquello no volvió a mencionar el tema.
Durante los primeros meses no ocurrió nada extraño. Hasta aquella noche. Era un jueves. Había llovido durante horas y el bar estaba casi vacío. A las dos y media quedaban tres clientes. A las tres, solo uno. A las tres y cinco, también se marchó. Cerré la puerta, limpié la barra y comencé a recoger las botellas. El reloj sobre la pared marcaba las 3:11. Entonces escuché un ruido. Toc. Me detuve. Pensé que alguna botella había caído. Volví a limpiar. Toc. Esta vez el sonido vino del fondo del bar. Levanté la cabeza, pero no vi nada. Solo estaban las seis mesas de siempre.
Miré el reloj. Marcaba las 3:12. Entonces escuché el tercer golpe. Toc. El aire se volvió frío. No era una corriente de aire, era un frío extraño, profundo, como si alguien hubiera abierto una puerta hacia un lugar donde era invierno. Miré hacia el fondo y allí estaba. La mesa número siete. Era pequeña, redonda y de madera oscura. Estaba exactamente debajo de una lámpara que llevaba meses sin funcionar. Lo primero que pensé fue que Ernesto había decidido ponerla allí. Lo segundo fue que no recordaba haberla visto entrar. Me acerqué lentamente. Había una sola silla y sobre la mesa había un vaso vacío. Debajo del vaso había un papel doblado.
No quería tocarlo, pero finalmente lo hice. Lo abrí. Había una frase escrita a mano con tinta negra: "NO MIRES CUANDO ENTRE". No entendía qué significaba. Entonces escuché el sonido de la puerta principal. La campanilla sonó y alguien entró. Era un hombre vestido con un abrigo negro completamente empapado. Tenía la cabeza inclinada hacia adelante y no podía verle el rostro. Le dije que estábamos cerrados. El hombre no respondió. Volví a decirle que el bar estaba cerrado, pero él comenzó a caminar lentamente hacia el fondo. Hacia la mesa siete.
Se sentó y, sin levantar la cabeza, dijo: "Una cerveza". No sé por qué obedecí. Quizá porque tenía miedo. Quizá porque quería demostrarme que todo aquello tenía una explicación. Saqué una cerveza de la nevera, la abrí y caminé hacia él. Entonces recordé las palabras de Ernesto: "Después de las tres, no sirvas a nadie que se siente en la mesa siete". Eran las 3:13. Dejé la cerveza sobre la mesa y le pregunté si quería algo más. No respondió. Después levantó lentamente un dedo y señaló la silla vacía que estaba frente a él. Entonces dijo: "Todavía falta uno".
No contesté. Me alejé y permanecí detrás de la barra. El hombre siguió sentado sin tocar la cerveza. Durante varios minutos no hizo absolutamente nada. A las 3:20 decidí llamar a Ernesto, pero no respondió. Volví a mirar hacia la mesa y descubrí algo que no estaba allí antes. Había una fotografía antigua. Me acerqué y la recogí. Era una fotografía en blanco y negro del interior del bar. El mismo bar. Las mismas paredes, la misma barra y las mismas lámparas. Pero en la fotografía había muchas personas sentadas en las mesas.
En el fondo estaba la mesa siete. Miré la fotografía con más atención y reconocí a alguien. Era Ernesto, pero mucho más joven. Debía tener unos veinte años. Estaba sentado en la mesa siete frente a una mujer cuyo rostro había sido tachado con tinta negra. Volví a mirar hacia el hombre del abrigo. Ya no estaba. La silla estaba vacía. La cerveza seguía sobre la mesa y, junto a ella, había otra nota. La tomé. Solo decía: "AHORA TE TOCA A TI".
Ernesto llegó al bar poco antes de las cuatro de la madrugada. Entró sin quitarse el abrigo y me encontró sentado detrás de la barra con la fotografía frente a mí. Cuando la vio, se quedó completamente pálido. Me preguntó dónde la había encontrado. Le respondí que estaba sobre la mesa siete. Durante unos segundos no dijo nada. Entonces me preguntó qué había visto. Le conté lo del hombre del abrigo y repetí exactamente lo que me había dicho: "Todavía falta uno". Ernesto cerró los ojos y murmuró: "Dios mío". Le pregunté qué estaba pasando y qué era aquella mesa.
Finalmente me contó una historia que había permanecido oculta durante más de cincuenta años. Antes de ser un bar, aquel lugar había sido un restaurante. Y antes de ser restaurante, había sido una casa. Una noche de 1974, siete personas estaban cenando allí. Nunca salieron. La policía buscó durante meses y finalmente encontró seis cuerpos enterrados debajo del suelo del antiguo restaurante. Pero nunca encontraron al séptimo. Su nombre era Clara Valdés, una joven camarera de veinticuatro años que había sido vista por última vez aquella noche.
Le pregunté a Ernesto si el hombre que había visto era Clara. Negó lentamente con la cabeza. Me explicó que la persona que faltaba no era quien yo pensaba. Según los documentos antiguos, Clara había desaparecido después de decirle a la policía que sabía quién había matado a las otras seis personas. Nunca llegó a revelar el nombre. La última frase que dijo antes de desaparecer fue: "No era uno de nosotros". Aquellas palabras se quedaron grabadas en mi cabeza.
Esa noche busqué información sobre el caso. Encontré periódicos antiguos y fotografías. En una de ellas aparecía Clara junto a un hombre llamado Julián. Pero había algo extraño. Detrás de ellos aparecía una figura cuya cara era completamente negra. No estaba tachada ni borrosa. Era como si alguien hubiera arrancado el rostro de la fotografía. Sentí un escalofrío y cerré la página.
Dos días después decidí no volver al bar. Pensé que alejándome todo terminaría. Pero aquella misma noche, mientras me lavaba los dientes, vi algo en el espejo. Una mujer estaba detrás de mí. Me giré rápidamente y no había nadie. Volví a mirar el espejo y allí estaba otra vez. Era una mujer joven, de pelo oscuro y vestido blanco. Tenía la cara pálida y sangre alrededor del cuello. Me miraba fijamente. Entonces levantó un dedo y escribió sobre el espejo empañado un número: 7. Después escribió: "UNO DE ELLOS MIENTE". Y desapareció.
Desde aquel momento comenzaron las pesadillas. Todas las noches soñaba con el bar. Siempre estaba vacío, excepto por siete personas. Seis permanecían sentadas y una estaba de pie. Nunca podía verle el rostro. Cada noche esa figura se acercaba un poco más, hasta que finalmente llegó a colocarse frente a mí. Cuando levantó la cabeza, tenía mi propia cara.
Una madrugada recibí una llamada de Ernesto. Contesté con rabia y le pregunté qué quería. Su voz temblaba. Me dijo que tenía que volver al bar. Le respondí que no pensaba regresar. Entonces dijo algo que me heló la sangre: "Ya es demasiado tarde". Le pregunté por qué. Hubo un largo silencio y finalmente respondió: "Porque la mesa siete está en tu casa".
Miré hacia el salón. Al principio no vi nada. Entonces apareció. La misma mesa. La misma silla. La misma lámpara encima. Sobre la mesa había una botella de cerveza. Ernesto me ordenó que saliera de la casa. Corrí hacia la puerta, pero no pude abrirla. Tiré del picaporte una y otra vez. Nada. Entonces escuché una silla arrastrándose detrás de mí.
Me giré.
La mesa estaba ocupada.
Había seis personas sentadas alrededor de ella. Todas tenían la cabeza inclinada. Una de ellas levantó lentamente la cara. Era un hombre que no conocía. Otra era una mujer. La tercera era Julián. La cuarta era Clara. La quinta era Ernesto. La sexta era yo.
Mi otro yo estaba sentado frente a mí.
Levantó lentamente la cabeza y sonrió.
"Llegas tarde", dijo.
No recuerdo exactamente qué ocurrió después. Recuerdo gritar. Recuerdo intentar romper una ventana. Recuerdo sentir que alguien me agarraba del hombro. Y después todo quedó oscuro.
Cuando abrí los ojos estaba sentado en el bar.
Frente a mí estaba Ernesto, pero parecía mucho más viejo. Le pregunté dónde estábamos. Me respondió: "Donde siempre has estado". Quise levantarme, pero no pude. Miré alrededor y vi a las seis personas sentadas en las mesas. Algunas eran las mismas de las fotografías. Otras no las reconocía.
Le pregunté a Ernesto qué eran. Él me explicó que todos habían cometido el mismo error: se habían sentado en la mesa siete. La mesa no era una mesa normal. Era una puerta. Una puerta hacia un lugar donde iban las personas que no deberían haber muerto.
Le pregunté por Clara. Ernesto me dijo que ella había sido la primera. Le pregunté si había matado a las otras personas. Negó con la cabeza. Clara había intentado salvarlas. Entonces pregunté quién lo había hecho.
Ernesto señaló la silla vacía.
La silla comenzó a moverse lentamente.
No había nadie sentado allí, pero parecía que alguien invisible acababa de ocuparla. Ernesto me dijo que no mirara. Pero esta vez no obedecí.
Lo vi.
No tenía rostro. Solo había una superficie oscura donde debería haber una cara. No tenía ojos, nariz ni boca. Sin embargo, podía sentir que me estaba mirando.
Entonces comprendí la verdad.
Aquel ser había sido invocado décadas atrás. Ernesto había intentado recuperar a su hermano muerto y, a cambio, había abierto una puerta que nunca debió abrir. Algo regresó utilizando el cuerpo de su hermano, pero aquello no era humano. Desde entonces, la criatura necesitaba una persona nueva para poder liberar a alguien de la mesa.
Ernesto fue el primero en sacrificarse.
Después desapareció.
Y yo quedé allí.
Durante mucho tiempo pensé que moriría.
Pero no ocurrió.
La criatura me obligó a permanecer en el bar.
Cada madrugada, a las 3:13, la mesa siete aparece.
Y alguien entra.
Un hombre que busca refugio de la lluvia. Una mujer que espera un taxi. Un borracho que no recuerda cómo llegó. Un muchacho que entra buscando un lugar donde cargar el teléfono. Todos ven las seis mesas normales. Ninguno ve la séptima. Hasta que llega la hora.
Entonces la lámpara se enciende.
La mesa aparece.
Y alguien se sienta.
Yo les sirvo una cerveza.
No porque quiera.
Porque no puedo evitarlo.
A veces intento advertirles. Les dejo pequeñas notas sobre la mesa. "NO MIRES CUANDO ENTRE". "NO TE SIENTES". "SAL ANTES DE LAS 3:13". Pero casi nadie escucha. Y cuando finalmente descubren lo que ocurre, la criatura ya está detrás de ellos.
Esta noche ha entrado un hombre.
Está mirando alrededor y parece nervioso. Me pregunta si seguimos abiertos. Miro el reloj.
3:12.
Tengo exactamente un minuto.
Quiero advertirle.
Quiero decirle que se marche.
Pero no puedo.
Mi boca se mueve sola.
"Bienvenido a El Rincón del Bar", digo.
El hombre sonríe y se sienta.
La lámpara del fondo comienza a encenderse.
3:13.
La mesa número siete aparece.
Y por primera vez en muchos años, alguien está sentado frente a mí.
La silla vacía comienza a moverse.
Toc.
El hombre levanta la mirada.
"¿Esperamos a alguien?", pregunta.
Yo lo miro y siento que una lágrima me baja por la mejilla.
Porque detrás de él, reflejada en el espejo, puedo ver a la criatura.
Está sonriendo.
Y esta vez no me está mirando a mí.
Lo está mirando a él.
Entonces comprendo algo todavía peor.
La mesa siete nunca fue una prisión. Nunca fue una puerta. Nunca fue un lugar para los muertos.
Es un lugar para los que todavía tienen algo que perder.
Y mientras exista alguien dispuesto a sentarse...
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