La última ronda del reservado
(Paranormal / Historias de Terror) - Ficción
Por el Rincón del Bar
Hay noches en las que el ambiente en un bar no se explica por la música ni por el murmullos de la gente, sino por algo más pesado que se queda flotando en el aire. Eso ocurrió en una mesa del fondo, de esas que quedan en penumbra cuando la barra empieza a recogerse.
Eran cerca de las dos de la mañana de un 31 de octubre. El lugar ya estaba casi vacío, salvo por tres amigos que apuraban sus tragos y un hombre solo, sentado al final del pasillo, vestía una chaqueta oscura gastada y no había levantado la vista de su copa en toda la noche.
Uno de los chicos, para romper el hielo en la noche de Halloween, propuso contar historias de terror reales. Cada uno contó lo típico: ruidos extraños en casas viejas, sombras al fondo del pasillo, la sensación de ser observado. Cosas que se olvidan con la luz del día.
En ese momento, el hombre de la mesa del fondo habló. Su voz no era fuerte, pero atravesó la música de fondo con una claridad helada:
—La peor historia no es la de la sombra que ves... es la de la persona que no sabe que ya se fue.
Los chicos se giraron, entre divertidos e intrigados. El hombre levantó lentamente la mirada; tenía los ojos hundidos, marcados por un cansancio antiguo.
—Hace tres años, exactamente una noche como hoy, —continuó el hombre sin pestañear— un cliente habitual se tomó su último whisky en esta misma mesa. Salió a la calle bajo la lluvia, cruzó sin mirar y el coche que venía por la avenida no llegó a frenar.
Hizo una pausa breve y miró el fondo de su vaso vacío.
—Dicen que cuando el golpe es demasiado rápido, la mente no tiene tiempo de entenderlo. La persona simplemente vuelve sobre sus pasos, busca su rincón de siempre y espera a que alguien lo mire fijamente para darse cuenta.
El grupo se quedó en silencio. Uno de los chicos intentó soltar una risa nerviosa para romper la tensión, pero se le congeló en la garganta al notar un detalle:
En el espejo de la pared que estaba justo detrás del hombre, la mesa del fondo estaba completamente vacía. No había nadie sentado ahí. Ni la chaqueta gastada, ni la copa sobre el posavasos.
Cuando giraron la cabeza de vuelta hacia la mesa real, el hombre ya no estaba. Sobre la madera solo quedaba una marca circular de condensación... que se secó en cuestión de segundos.
Esa noche, nadie pidió la última ronda.
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