LOS MUERTOS DE LA CARRETERA 17
Terror sobrenatural · Ficción · El Rincón del Bar
La primera vez que vi a un muerto viviente, estaba sentado en la sala de espera de una morgue, con las manos apoyadas sobre las rodillas y los ojos puestos en la puerta por donde yo acababa de entrar. Lo reconocí inmediatamente. Era mi padre. Llevaba muerto nueve días.
Me llamo Esteban Rojas y durante doce años trabajé como conductor de una ambulancia en una carretera rural donde los accidentes eran tan frecuentes que los vecinos habían dejado de detenerse cuando veían un vehículo volcado. La llamaban la carretera 17. Atravesaba un bosque espeso, pasaba junto a un cementerio abandonado y terminaba en un pueblo de apenas cuatrocientas personas. En invierno, la niebla podía cubrirla durante horas. Los ancianos decían que, cuando la niebla llegaba desde el cementerio, había que conducir sin mirar por el retrovisor. Yo me reía de esas historias. Hasta la noche en que recibimos una llamada a las 2:13 de la madrugada. Un hombre había aparecido caminando en medio de la carretera, descalzo y cubierto de barro. Un camionero lo había atropellado. Cuando llegamos, el hombre estaba tendido boca arriba, con la cabeza girada hacia un ángulo imposible. No respiraba. Tenía la piel grisácea y los labios negros. Mi compañero, Ramírez, se arrodilló para comprobar el pulso. Entonces el cadáver abrió los ojos. No parpadeó. No gritó. Simplemente abrió los ojos y miró a Ramírez con una expresión de absoluto reconocimiento. —¿Qué día es hoy? —preguntó. Ramírez retrocedió tan bruscamente que cayó sentado en el barro. Yo pensé que el hombre estaba sufriendo algún tipo de crisis neurológica. Le sujeté la cabeza y le pregunté cómo se llamaba. El desconocido sonrió. Tenía los dientes cubiertos de tierra. —Hoy es el día en que todos regresamos. Después dejó de moverse. Lo declaramos muerto por segunda vez, aunque ninguno de nosotros supo explicar cómo podía morir alguien que ya había dejado de vivir. Lo trasladamos a la morgue del hospital comarcal y regresamos a la base. A las cuatro de la mañana, Ramírez renunció. Nunca volví a verlo.
La segunda noche, recibimos otra llamada. Un anciano había sido encontrado en una cuneta, a unos cinco kilómetros del lugar del primer accidente. Cuando llegamos, estaba de pie junto a un árbol, mirando hacia el bosque. Llevaba un traje negro, una corbata roja y zapatos perfectamente limpios. Su cara me resultaba familiar, pero no supe por qué hasta que iluminé su pecho con la linterna. Tenía una etiqueta funeraria prendida en la solapa. En ella aparecían su nombre y dos fechas: había nacido en 1938 y había muerto en 1996. El hombre giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Sigue abierto el bar de la plaza? —preguntó. —No lo sé —respondí. —Dile a Teresa que volveré antes de que amanezca. Teresa era mi madre. El anciano llevaba muerto treinta años. Lo había enterrado yo mismo cuando era niño. Regresé a casa al amanecer y encontré a mi madre sentada en la cocina, mirando una fotografía de su marido. Cuando le conté lo ocurrido, dejó caer la taza que tenía entre las manos. —¿Te ha pedido que le digas algo? —preguntó. Asentí. Mi madre se levantó, cerró todas las cortinas y me agarró de la muñeca con una fuerza que no le conocía. —Escúchame, Esteban. Si vuelve a aparecer, no le digas dónde vivo. Y si te pregunta por tu hermano, dile que nunca nació. No entendí nada. Mi hermano menor había muerto al nacer, según me habían contado siempre. Nunca había tenido una fotografía suya ni había visto su nombre escrito en ningún documento. Mi madre jamás hablaba de él. Aquella mañana comprendí que no era porque le doliera recordarlo. Era porque tenía miedo de que alguien lo recordara por ella.
Durante los siguientes tres días, la carretera 17 se convirtió en un desfile de personas muertas. Una mujer anciana apareció en una parada de autobús, sosteniendo un ramo de flores podridas. Un niño de unos ocho años caminaba por el arcén con el uniforme escolar empapado en sangre. Un policía, muerto durante un tiroteo en 1974, llamó a la puerta de la comisaría y pidió que le devolvieran su arma. Todos compartían la misma característica: recordaban cosas que nadie vivo debería conocer. El niño sabía el número de teléfono de una mujer que había muerto antes de que él naciera. La anciana preguntaba por un bebé desaparecido en 1952. El policía quería saber quién había enterrado su placa debajo de un roble. Y todos, absolutamente todos, hacían la misma pregunta: «¿Ya ha llegado el resto?». El cuarto día, el alcalde ordenó cerrar la carretera. El quinto, desaparecieron dos agentes enviados a vigilar el cementerio. El sexto, mi madre me llamó a las tres de la mañana. Lloraba tanto que apenas podía hablar. —Esteban, hay alguien en la puerta. No he abierto. Lleva toda la noche llamándome mamá. Le pregunté si había mirado por la ventana. Me dijo que no. Le ordené que se encerrara en el dormitorio y que no contestara bajo ninguna circunstancia. Entonces escuché otra voz al otro lado de la llamada. Una voz infantil, dulce y tranquila. —Mamá, tengo frío. ¿Por qué no me dejaste entrar cuando todavía estaba vivo? La comunicación se cortó.
Conduje hasta su casa en menos de diez minutos. Encontré la puerta abierta y las luces encendidas. La comida seguía sobre la mesa. En el suelo había pequeñas huellas de barro que empezaban en el recibidor y terminaban frente al dormitorio de mi madre. Ella estaba sentada en la cama, abrazada a una almohada, con los ojos fijos en la pared. No parecía herida. No parecía muerta. Parecía haber envejecido treinta años en una sola noche. Cuando me vio, empezó a llorar. —Lo dejé morir —susurró—. Yo lo dejé morir. Se refería a mi hermano. Aquella noche, cuando nació, había dejado de respirar durante varios minutos. Mi madre, aterrorizada, había suplicado a los médicos que hicieran todo lo posible. Cuando finalmente consiguieron reanimarlo, el niño abrió los ojos y pronunció una palabra. No fue un llanto. No fue un balbuceo. Dijo el nombre completo de mi madre. Después comenzó a describir a personas muertas de la familia, incluyendo a su propia abuela, a quien mi madre nunca había conocido. Los médicos pensaron que era una coincidencia, hasta que el niño empezó a dejar de respirar cada noche a la misma hora: las 2:13. La última vez no volvió a despertar. Mi madre nunca se perdonó haber pedido que lo mantuvieran con vida. Pero lo peor no era eso. Lo peor era lo que había sucedido después del entierro. Durante semanas, alguien llamaba a la puerta de la casa a las 2:13 de la madrugada. Y siempre era la misma voz. «Mamá, déjame entrar». Hasta que un día dejó de llamar. Mi madre creyó que todo había terminado. Ahora sabía que no.
Esa misma noche, a las 2:13, escuchamos un golpe en la puerta principal. Después otro. Después tres más, separados por pausas idénticas. Mi madre se tapó los oídos. Yo cogí la escopeta que mi padre había dejado en el armario y me acerqué a la entrada. No tenía intención de abrir. Miré por la mirilla. Al otro lado había un niño pequeño, descalzo, vestido con un pijama blanco cubierto de barro. Tenía el rostro pálido, los labios negros y una cicatriz diminuta sobre la ceja izquierda. Su cara era la mía. No se parecía a mí. Era mi cara, exactamente la misma, como si alguien hubiera arrancado mi rostro de una fotografía y lo hubiera colocado sobre el cuerpo de un niño muerto. Bajé lentamente el arma. El niño levantó la cabeza. —Hola, Esteban —dijo—. Mamá me contó muchas cosas sobre ti. Desde el dormitorio, mi madre gritó: —¡No lo mires! ¡No dejes que vea tus ojos! Pero ya era demasiado tarde. El niño sonrió. Y comprendí por qué todos los muertos de la carretera preguntaban si había llegado el resto. No estaban regresando para visitar a sus familiares. Estaban regresando porque alguien los estaba llamando desde el otro lado. Y ese alguien era mi hermano.
Al amanecer, la policía encontró la casa vacía. Mi madre había desaparecido. La escopeta estaba sobre la mesa, intacta. No había señales de entrada forzada ni huellas que condujeran al exterior. Solo encontraron un dibujo infantil pegado en la puerta del dormitorio: una familia de cuatro personas delante de una casa, bajo un sol negro. En el dibujo, el padre y la madre estaban tachados con una cruz roja. El niño pequeño sostenía la mano de otro niño mucho más alto. Debajo, con letras torcidas, había una frase: «Ya estamos todos». La carretera 17 permaneció cerrada durante meses. Los vecinos aseguraban escuchar voces en el bosque y ver figuras caminando entre los árboles durante las noches de niebla. Un año después, los trabajadores encontraron decenas de tumbas abiertas en el cementerio abandonado. Los ataúdes estaban vacíos. Todos, salvo uno. Dentro encontraron a un hombre adulto, vestido con el uniforme de una ambulancia. Su rostro estaba intacto. Sus manos descansaban sobre el pecho y sus labios estaban cubiertos de tierra. En la etiqueta funeraria prendida a su camisa se leía un nombre: Esteban Rojas. Fecha de nacimiento: 1982. Fecha de muerte: la noche siguiente. Nadie supo explicar aquella última fecha. Nadie, excepto el guardia que vigilaba el cementerio. Él juró que, al cerrar la verja, escuchó una voz procedente del interior del ataúd. Era la voz de un hombre adulto, llorando como un niño.
Y a las 2:13 de la madrugada, desde el interior de la tumba, alguien llamó tres veces.
Luego hizo una pausa.
Y llamó otras dos.
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