Mentí que sabia cocinar
Todo empezó con una mentira pequeña, de esas que uno dice sin pensar y que después terminan convirtiéndose en una tragedia familiar. Mi novia, Andrea, me invitó a pasar un domingo en casa de sus padres. Era la primera vez que iba a quedarme a almorzar con toda su familia y yo quería causar una buena impresión. Su madre era de esas personas que cocinaban absolutamente todo en casa y, según Andrea, tenía una regla: “El que llega a la casa, ayuda en la cocina”. Yo estaba preparado para lavar algunos platos, cortar una cebolla o poner la mesa. Lo que no esperaba era que su madre me preguntara, apenas llegué: “¿Y tú qué sabes cocinar?”. En lugar de decir la verdad, que mi especialidad era calentar agua para hacer café, cometí el error de responder: “Bueno... me defiendo”. Todavía no sé por qué dije eso. Quizá fue orgullo. Quizá fue miedo. O quizá mi cerebro decidió abandonarme justo en el momento más importante de mi vida.
La madre de Andrea sonrió y me dijo: “Perfecto, entonces vas a preparar el arroz”. Sentí que el alma se me salía del cuerpo. Andrea me miró desde la otra habitación y levantó las cejas como preguntándome qué demonios había dicho. Yo hice una señal con la mano como diciendo “tranquila, yo puedo”. La verdad era que no tenía ni idea de cuánto arroz se debía poner, cuánta agua necesitaba ni cuánto tiempo debía cocinarse. Pero recordé algo que había visto hacer a mi madre miles de veces y decidí improvisar. Puse una taza de arroz en una olla, agregué agua hasta donde me pareció correcto y encendí la cocina. Hasta ahí todo parecía sencillo. El problema fue que, mientras el arroz se cocinaba, el padre de Andrea entró y me preguntó: “¿Sabes hacer pollo al horno?”. Yo, todavía intentando mantener mi reputación de chef profesional, respondí: “Claro”. “Entonces ayúdame con el pollo”. Ahí entendí que una mentira pequeña puede crecer como una bola de nieve.
Me entregó un pollo entero y me preguntó si sabía sazonarlo. Yo dije que sí con una seguridad que ni siquiera yo sentía. Abrí todos los frascos de especias que encontré y empecé a echar un poco de cada cosa. Orégano, pimienta, comino, ajo, paprika, sal, una cosa que no sabía qué era y otra que tenía un olor tan fuerte que decidí no investigar. El padre de Andrea me observaba en silencio. Después de unos segundos me preguntó: “¿Estás seguro?”. Yo respondí: “Es una receta que aprendí”. Él asintió y se fue. En cuanto salió de la cocina, Andrea apareció corriendo.
—¿Qué estás haciendo?
—Cocinando.
—¡Tú no sabes cocinar!
—Ahora ya lo saben todos.
—¿Y por qué dijiste que sí?
—Porque quería caerles bien.
Andrea se quedó mirándome durante unos segundos.
—Pues si quieres caerles bien, intenta no envenenarlos.
Eso no ayudó mucho a mis nervios.
El arroz comenzó a hacer espuma y yo pensé que eso era normal. Luego empezó a pegarse. Después empezó a oler raro. Levanté la tapa y descubrí que había puesto demasiada agua. El arroz parecía una sopa. Intenté arreglarlo agregando más arroz crudo. Grave error. Cinco minutos después aquello parecía cemento líquido. Andrea entró nuevamente, miró la olla y dijo: “¿Qué hiciste?”. Le respondí: “Estoy preparando arroz cremoso”. Ella comenzó a reírse. “Eso no es arroz cremoso, eso es engrudo”. Yo le dije que bajara la voz porque alguien podía escucharla. Pero justo en ese momento apareció su abuela detrás de nosotros.
—¿Qué están preparando?
Andrea respondió:
—Arroz.
La abuela miró la olla.
—Eso no es arroz.
Me quedé callado.
—¿Es una sopa?
—No.
—¿Es una crema?
—Tampoco.
La abuela me miró.
—¿Entonces qué es?
Yo respiré profundamente.
—Una receta nueva.
La señora sonrió y dijo: “Me gusta la gente creativa”. Y se fue.
Andrea casi se desmaya de la risa.
Pero todavía faltaba el pollo.
Metí el pollo al horno, cerré la puerta y me sentí orgulloso. Pensé que había sobrevivido a la parte más complicada. Me equivoqué. A los diez minutos empezó a salir humo de la cocina. Corrí hacia el horno y descubrí que había colocado demasiado aceite. El aceite había caído sobre la bandeja y estaba quemándose. Abrí el horno y una nube de humo salió directamente hacia mi cara. Empecé a toser. Andrea abrió todas las ventanas. Su padre apareció corriendo.
—¿Qué pasó?
Yo, completamente serio, respondí:
—Es parte de la preparación.
Me miró.
—¿Qué preparación?
—La... preparación ahumada.
Andrea tuvo que salir de la cocina porque ya no podía aguantar la risa.
Su padre apagó el horno y sacó la bandeja.
—Muchacho, ¿cuánto tiempo dijiste que llevas cocinando?
Yo bajé la cabeza.
—Cinco minutos.
El hombre comenzó a reírse.
—¡Al menos eres honesto ahora!
La noticia se extendió por toda la casa. La abuela llegó, las hermanas de Andrea llegaron, los primos aparecieron y en menos de cinco minutos había ocho personas alrededor de la cocina observando mi fracaso culinario como si fuera un espectáculo.
Entonces ocurrió algo todavía peor.
Uno de los sobrinos de Andrea, un niño de seis años, entró corriendo y preguntó:
—¿Quién hizo ese arroz?
Todos me señalaron.
El niño miró la olla y dijo:
—Mi perro no se comería eso.
La cocina explotó en carcajadas.
Yo fingí estar ofendido.
—Bueno, tampoco está tan mal.
El niño respondió:
—¿Puedo probarlo?
Le serví una cucharada.
La probó.
Se quedó completamente serio.
Todos esperaban su opinión.
Finalmente dijo:
—Necesita más arroz.
Todos comenzaron a reírse otra vez.
Yo decidí abandonar la cocina.
Fui al patio para recuperar mi dignidad. Pensé que por lo menos podía ayudar con algo sencillo. Vi una parrilla y decidí encenderla. Eso sí sabía hacerlo. O eso creía.
Puse carbón, agregué alcohol y encendí el fuego.
La llama subió de golpe.
Yo retrocedí.
La familia salió corriendo.
El padre de Andrea gritó:
—¡¿QUÉ HICISTE?!
—¡Quería prender el carbón!
—¡No necesitas convertir el patio en un volcán!
Apagaron el fuego y me quitaron el encendedor.
La abuela, que había estado observando todo desde una silla, dijo tranquilamente:
—Este muchacho no cocina. Este muchacho combate incendios.
Yo ya no sabía dónde esconderme.
Finalmente llegó la hora del almuerzo.
Sobre la mesa había una ensalada, papas, pan y varios platos que había preparado la madre de Andrea.
Mi arroz estaba en una esquina.
El pollo estaba en otra.
Todos se sentaron.
Yo miraba mi plato como si fuera una bomba.
La madre de Andrea sirvió un poco de mi arroz.
Probó una cucharada.
Guardó silencio.
Yo pensé que mi relación había terminado.
Luego sonrió.
—No está tan mal.
Andrea abrió los ojos.
—¿Mamá, estás segura?
Su madre volvió a probarlo.
—No.
Todos comenzaron a reír.
Hasta yo.
El padre de Andrea cortó un pedazo del pollo.
Lo probó.
Me miró.
—¿Quieres que te diga la verdad?
—Sí.
—Nunca había comido algo parecido.
—¿Eso es bueno?
—No.
La mesa entera explotó de risa.
Yo también terminé riéndome. Después de todo, ya no tenía nada que perder.
La abuela levantó su vaso y dijo:
—Por el nuevo chef de la familia.
Todos levantaron sus vasos.
Yo pregunté:
—¿De verdad me van a dejar cocinar otra vez?
El padre de Andrea respondió:
—Claro.
Me emocioné.
—¿Cuándo?
—Nunca.
Todos volvieron a reírse.
Años después sigo visitando esa casa. Nunca me dejaron olvidar aquel almuerzo. Cada vez que alguien me pregunta si sé cocinar, respondo inmediatamente que no.
Y lo más curioso es que, después de aquella terrible experiencia, aprendí a cocinar de verdad.
Pero todavía hay una cosa que nunca he vuelto a preparar.
Arroz.
Porque en la familia de Andrea todavía existe una fotografía de aquella primera comida: yo parado frente a una olla de arroz convertido en engrudo, mientras ocho personas se ríen detrás de mí.
Debajo de la foto su madre escribió una frase:
“El día que llegó a la familia y casi nos mata de hambre.”
Y cada vez que la veo, tengo que admitir algo:
Probablemente fue la mejor primera impresión que pude haber dejado.
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