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Terror

Mi amigo que volvio despues de morir

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Anónimo
22/09/2026 11 min de lectura
Mi amigo que volvio despues de morir

Cuando tenía dieciséis años, mi mejor amigo murió en un accidente y durante mucho tiempo pensé que lo peor que podía pasarme era perderlo. Me equivoqué. Lo peor ocurrió tres meses después, cuando volvió a aparecer frente a mi casa.

Se llamaba Mateo y éramos amigos desde que teníamos diez años. Vivíamos a unas cinco cuadras de distancia y prácticamente hacíamos todo juntos: íbamos al colegio, jugábamos fútbol en la calle, nos quedábamos hasta tarde conversando y, cuando nuestros padres nos dejaban, salíamos en bicicleta por las afueras del barrio. Mateo era de esos amigos que uno cree que tendrá para toda la vida. Siempre estaba haciendo bromas y tenía una manera extraña de aparecer justo cuando uno estaba aburrido. Pero una tarde de domingo ocurrió el accidente. Yo estaba en casa cuando mi madre recibió una llamada. No me dijo nada al principio, pero la vi quedarse completamente quieta mientras escuchaba. Después se sentó y empezó a llorar. Yo supe que algo había pasado antes de que pronunciara su nombre.

Mateo había salido con su bicicleta y un vehículo lo había atropellado en una avenida cercana. Cuando llegué al hospital ya no había nada que hacer. Recuerdo perfectamente el pasillo, las luces blancas y a la madre de Mateo abrazada a su esposo. Recuerdo que alguien me puso una mano en el hombro, pero yo ni siquiera podía llorar. Durante semanas no quise aceptar que realmente había muerto. Guardé en mi habitación una fotografía en la que aparecíamos los dos haciendo una mueca frente a la cámara. Algunas noches le hablaba en silencio, como si pudiera escucharme. Le decía que todavía no podía creerlo. Le contaba cosas del colegio. Incluso le pedía perdón por una discusión que habíamos tenido dos días antes del accidente. Me atormentaba pensar que aquellas habían sido las últimas palabras que le había dicho.

Pasaron tres meses. Poco a poco intentaba regresar a la normalidad, aunque la casa de Mateo seguía cerrada y su bicicleta ya no estaba en la entrada. Una noche, cerca de las once, escuché tres golpes en la ventana de mi habitación.

Toc, toc, toc.

Me quedé mirando la ventana.

Vivíamos en el segundo piso, así que no era normal que alguien golpeara desde afuera. Pensé que quizá era una rama, aunque no había árboles suficientemente altos para llegar hasta allí. Volvieron a escucharse.

Toc, toc, toc.

Me acerqué lentamente y aparté la cortina.

Mateo estaba parado afuera.

No grité. No pude.

Mi cerebro simplemente se quedó en blanco. Lo vi con la misma ropa que llevaba el día del accidente: una sudadera gris, pantalón oscuro y zapatillas. Su cabello estaba despeinado como siempre. Incluso tenía aquella pequeña cicatriz sobre la ceja que se había hecho jugando fútbol cuando éramos niños.

Me quedé mirándolo mientras él sonreía.

—¿Me vas a dejar aquí toda la noche? —dijo.

Abrí la ventana sin pensar.

—Mateo...

Él entró.

No recuerdo haber sentido miedo en ese momento. Sentí alivio. Un alivio tan grande que empecé a llorar. Lo abracé con todas mis fuerzas.

Estaba frío.

Muy frío.

Pero pensé que era porque había estado afuera.

—Pensé que habías muerto —le dije entre lágrimas.

Mateo se separó lentamente de mí y sonrió.

—La gente piensa muchas cosas.

Esa frase me pareció extraña, pero estaba demasiado emocionado para darle importancia.

Pasamos casi una hora hablando. O, mejor dicho, yo hablaba y él respondía lo mínimo. Le pregunté dónde había estado, qué había pasado, cómo había sobrevivido. Nunca me dio una explicación clara.

—No podía volver antes —me dijo.

—¿Por qué?

Me miró fijamente.

—Porque tú todavía no estabas listo.

No entendí qué quería decir.

Al día siguiente desperté pensando que todo había sido un sueño. Hasta que encontré algo sobre mi escritorio.

Una pequeña pulsera de tela.

Era la pulsera que Mateo llevaba el día del accidente.

La reconocí inmediatamente porque tenía un pequeño dibujo de una calavera roja.

Se la había visto muchas veces.

La tomé entre mis dedos y sentí un escalofrío.

Durante los siguientes días Mateo volvió a aparecer.

Siempre de noche.

Nunca utilizaba la puerta.

A veces estaba en mi ventana. Otras veces sentado en una banca frente a mi casa. Una noche lo vi al otro lado de la calle, parado bajo un poste de luz.

Siempre sonreía.

Siempre parecía estar esperándome.

Al principio me sentía feliz de verlo. Incluso empecé a pensar que quizá había ocurrido un milagro. Pero había cosas que comenzaron a incomodarme.

Mateo nunca entraba a una habitación si había otras personas.

Cuando mi madre estaba cerca, desaparecía.

Cuando intentaba presentárselo a alguien, él simplemente ya no estaba.

Una noche mi madre me preguntó con quién hablaba.

—Con Mateo.

Ella dejó caer el vaso que tenía en la mano.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué?

Mi madre se quedó pálida.

—Porque Mateo murió.

—Ya lo sé.

—No. No entiendes. Mateo murió hace tres meses.

—¡Pero yo lo estoy viendo!

Mi madre me abrazó y empezó a llorar.

Pensé que se estaba volviendo loca.

Hasta que ocurrió algo que me hizo comenzar a dudar de mí mismo.

Una tarde fui a la casa de Mateo.

Su madre abrió la puerta.

Cuando le dije que había estado viendo a su hijo, me miró durante varios segundos sin decir nada.

Después me preguntó:

—¿Qué te dijo?

Le conté algunas cosas.

Ella cerró los ojos.

—No es él.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Qué quiere decir?

La mujer fue hasta una habitación y regresó con una fotografía.

Era una foto de Mateo cuando tenía unos nueve años.

—Antes del accidente, Mateo me contó algo extraño —dijo—. Dijo que desde hacía semanas soñaba con alguien que se parecía a él.

—¿Alguien que se parecía a él?

Ella asintió.

—Decía que aparecía en lugares oscuros y le hablaba desde lejos. Una vez me dijo que esa persona le había pedido que lo dejara entrar.

Sentí un escalofrío.

—¿Entrar dónde?

Su madre me miró.

—En su casa.

Entonces recordó algo más.

—Una noche Mateo me preguntó si alguna vez había escuchado hablar de una entidad que podía tomar la apariencia de alguien que conocíamos.

No supe qué responder.

Regresé a casa caminando.

Esa noche no quería dormir.

A las 11:17 escuché los tres golpes.

Toc, toc, toc.

No me moví.

Toc, toc, toc.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Era un mensaje.

De Mateo.

"Abre."

Apagué el teléfono.

Los golpes continuaron.

Después escuché su voz.

—Soy yo.

Me quedé sentado en la cama.

—Sé que estás ahí.

No respondí.

Entonces dijo algo que solamente Mateo y yo conocíamos.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste antes del accidente?

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Sí.

Lo recordaba.

Dos días antes de su muerte habíamos discutido porque Mateo quería que lo acompañara a un lugar al que yo no quería ir.

Antes de irse me había dicho:

"Algún día vas a arrepentirte de no haber venido conmigo."

Yo le respondí:

"Pues vete solo."

Esas habían sido mis últimas palabras.

La voz detrás de la ventana repitió exactamente aquella conversación.

Pero había algo diferente.

La voz sonaba demasiado perfecta.

Como si alguien hubiera aprendido a imitarlo.

Me acerqué lentamente a la ventana, pero no la abrí.

—Mateo murió —dije.

Silencio.

Después escuché una risa.

No era la risa de Mateo.

Era más grave.

Más lenta.

Y entonces la voz respondió:

—Eso ya lo sé.

Me alejé de la ventana.

La sombra que estaba detrás de la cortina empezó a moverse.

No parecía una persona.

Era demasiado alta.

Demasiado delgada.

Y entonces la cortina cayó.

No había nadie.

Solo encontré la pulsera sobre el suelo.

La misma que había visto días antes.

Pero ahora tenía algo escrito en la parte interior.

No sé cómo no lo había visto antes.

Había cuatro palabras:

"ÉL ME DEJÓ ENTRAR."

Salí corriendo de mi habitación.

Mi madre llamó a un familiar y esa misma noche nos fuimos a dormir a casa de mi abuela.

Durante varios días no volvió a pasar nada.

Pensé que había terminado.

Hasta que una tarde recibí un mensaje.

Era una fotografía.

La abrí.

Era una imagen de Mateo.

Estaba parado frente a mi antigua casa.

Debajo de la fotografía había una frase:

"Ahora sé dónde estás."

Mi madre llamó a la policía, pero nadie pudo explicar quién había enviado la imagen.

Pasaron los años.

Nunca volvimos a vivir en aquella casa.

Yo terminé el colegio, estudié, conseguí trabajo y traté de olvidar todo.

Durante mucho tiempo pensé que quizá había sido una especie de trauma. Que mi mente había creado aquella aparición porque no aceptaba la muerte de Mateo.

Hasta que, ocho años después, recibí una llamada.

Era la madre de Mateo.

Me preguntó si todavía conservaba aquella fotografía de nosotros.

Le dije que sí.

Entonces me dijo algo que todavía recuerdo perfectamente.

—Encontré otra foto.

Nos vimos esa misma tarde.

Me mostró una fotografía antigua de Mateo cuando tenía diez años.

Era una foto familiar tomada en el patio de su casa.

Mateo aparecía sentado junto a sus padres.

Yo estaba detrás de ellos.

Pero había alguien más.

Una figura estaba parada al fondo, parcialmente escondida detrás de una puerta.

Tenía la misma cara de Mateo.

La misma ropa.

La misma sonrisa.

Solo que la fotografía había sido tomada cinco años antes de que yo conociera a Mateo.

Su madre me miró y dijo:

—Esa figura aparece en varias fotografías de mi hijo.

Sentí frío en todo el cuerpo.

—¿Desde cuándo?

Ella sacó otra fotografía.

Luego otra.

Y otra.

En todas aparecía aquella figura.

A veces estaba lejos.

A veces detrás de una ventana.

A veces apenas visible en un espejo.

Pero siempre tenía el mismo rostro.

El rostro de Mateo.

Entonces comprendí algo que nunca había querido aceptar.

Aquella cosa no había aparecido después de la muerte de mi amigo.

Había estado cerca de él desde mucho antes.

Quizá había aprendido su rostro durante años.

Quizá había estado esperando.

Y cuando Mateo murió, simplemente encontró una oportunidad para acercarse a mí.

Nunca volví a verla.

O al menos eso creí.

Porque hace tres meses, mientras ordenaba unas cajas viejas, encontré la fotografía que había guardado desde adolescente.

La que aparecíamos Mateo y yo.

La miré durante varios segundos.

Éramos nosotros dos, sonriendo frente a la cámara.

Pero entonces noté algo que nunca había visto.

Al fondo de la fotografía había una ventana.

Y detrás de ella estaba aquella figura.

La misma.

La misma sonrisa.

La misma mirada.

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

Le di la vuelta a la fotografía.

Había algo escrito detrás.

Una frase con una letra que reconocí inmediatamente.

Era la letra de Mateo.

Decía:

"Te dije que algún día iba a volver."

Esa noche guardé la fotografía en una caja y la llevé al garaje.

No quería volver a verla.

Pero antes de dormir escuché algo en la ventana.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Me quedé inmóvil.

Después escuché una voz.

La voz de mi mejor amigo.

—¿Todavía me reconoces?

No abrí.

No respondí.

Y desde aquella noche aprendí algo que nunca olvidaré:

A veces, cuando extrañamos demasiado a alguien que hemos perdido, deseamos tanto volver a verlo que dejamos de preguntarnos si aquello que tenemos enfrente realmente quiere ser nuestro amigo.

Y algunas cosas llevan años esperando precisamente eso.

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