Mi novio desapareció durante unos minutos, pero alguien seguía respondiéndome desde su teléfono
Todo ocurrió un sábado de agosto, Diego había encontrado por internet un pequeño hospedaje campestre situado cerca de un pueblo al que nunca habíamos ido y me propuso pasar allí una noche para regresar el domingo por la mañana, las fotografías mostraban una casa antigua rodeada de árboles y algunas habitaciones que parecían haber sido remodeladas recientemente, no era un lugar lujoso pero tenía buenas opiniones y el precio era económico, así que reservamos una habitación y salimos después del almuerzo pensando que llegaríamos antes de que oscureciera.
El problema fue que nos equivocamos de carretera y perdimos bastante tiempo buscando el desvío, cuando finalmente encontramos el camino correcto ya estaba anocheciendo y además comenzó una lluvia ligera que hacía difícil distinguir los letreros, recuerdo que durante los últimos kilómetros prácticamente no vimos otras casas ni vehículos, solamente árboles a ambos lados de la carretera y algunos postes de electricidad separados por largas distancias.
Llegamos aproximadamente a las ocho de la noche.
El hospedaje era bastante diferente de las fotografías, no porque estuviera abandonado ni nada parecido, simplemente parecía mucho más antiguo de lo que imaginábamos, era una construcción grande de dos pisos con un patio interior y un corredor largo que conectaba las habitaciones, nos recibió un señor de unos sesenta años que aparentemente era el propietario y después de comprobar nuestra reserva nos entregó una llave, nuestra habitación estaba en el segundo piso casi al final del corredor.
Recuerdo perfectamente que mientras caminábamos hacia ella Diego hizo una broma diciendo que parecía uno de esos hoteles donde uno entra y nunca vuelve a salir, yo me reí y le dije que dejara de decir tonterías porque ya me estaba poniendo nerviosa.
La habitación era sencilla pero estaba limpia, tenía una cama grande, un pequeño baño, un armario de madera y una ventana que daba hacia la parte trasera de la propiedad, dejamos nuestras cosas y bajamos para preguntar dónde podíamos cenar, pero el propietario nos explicó que el restaurante más cercano estaba en el pueblo y que probablemente ya estaría cerrado, así que terminamos comiendo algunas cosas que habíamos comprado durante el viaje.
Hasta ese momento todo era completamente normal.
Cerca de las once de la noche comenzó a llover con mucha más fuerza y en algún momento se fue la electricidad, el propietario había dejado una pequeña lámpara recargable en cada habitación por si ocurría algo así, por lo que encendimos la nuestra y seguimos conversando mientras esperábamos que regresara la luz.
Fue entonces cuando escuchamos el primer ruido.
Parecía que alguien arrastraba algo pesado por el corredor.
El sonido comenzó bastante lejos y lentamente se fue acercando hasta nuestra habitación, Diego dejó de hablar y miró hacia la puerta mientras yo intentaba convencerme de que seguramente era el propietario moviendo algún mueble, pero cuando el ruido llegó justo frente a nosotros se detuvo.
Esperamos.
No ocurrió nada.
Diego abrió la puerta y miró hacia ambos lados.
El corredor estaba completamente oscuro.
No había nadie.
Cerró nuevamente y me dijo que probablemente el sonido venía del piso inferior y que por la estructura antigua parecía escucharse más cerca, la explicación tenía sentido y decidimos no darle importancia.
Unos veinte minutos después escuchamos tres golpes en la puerta.
No fueron golpes fuertes.
Fueron tres pequeños toques.
Diego preguntó quién era.
Nadie respondió.
Esperó unos segundos y abrió.
Otra vez no había nadie.
En ese momento ya no me parecía divertido y le pedí que no volviera a abrir si escuchábamos algo, él se rio un poco intentando tranquilizarme y dijo que seguramente había otros huéspedes haciendo bromas, aunque había algo extraño que recién habíamos comenzado a notar.
Desde que llegamos no habíamos visto a ningún otro huésped.
Diego decidió bajar para hablar con el propietario y preguntarle si había más personas alojadas, yo le dije que podía esperar hasta la mañana pero él insistió porque quería saber si alguien estaba jugando con nosotros.
Antes de salir tomó su teléfono.
Regreso en cinco minutos.
Eso fue lo último completamente normal que recuerdo de aquella noche.
Cerré la puerta después de que salió y me quedé sentada en la cama con la lámpara encendida, escuché sus pasos alejándose por el corredor y después el sonido de la escalera de madera mientras bajaba al primer piso.
Pasaron cinco minutos.
Después diez.
Diego no regresaba.
Le envié un mensaje.
“¿Dónde estás?”
Vi que el mensaje había sido recibido.
Un minuto después apareció como leído.
Entonces llegó su respuesta.
“Ya voy.”
No me preocupé porque pensé que estaba conversando con el propietario, pero pasaron otros cinco minutos y seguía sin regresar.
Volví a escribirle.
“Apúrate, no quiero quedarme sola.”
Esta vez respondió casi inmediatamente.
“Estoy subiendo.”
Me quedé mirando la puerta esperando escuchar sus pasos.
Pasaron unos segundos.
Entonces escuché la escalera.
Alguien estaba subiendo.
Los pasos avanzaron lentamente por el corredor hasta detenerse frente a nuestra habitación.
Pensé que era Diego.
Esperé que abriera porque tenía la llave.
Pero no abrió.
Mi teléfono vibró.
Era otro mensaje suyo.
“Ábreme.”
Me levanté y caminé hacia la puerta, puse la mano sobre la cerradura pero antes de abrir pregunté algo que en ese momento me pareció absurdo.
¿Diego?
Nadie respondió.
Miré el teléfono.
Escribí:
“¿Eres tú?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Sí.”
Volví a mirar la puerta.
Había alguien al otro lado porque podía escuchar ligeramente el suelo de madera crujiendo.
Estuve a punto de abrir.
Entonces mi teléfono comenzó a sonar.
Era una llamada.
De Diego.
Sentí algo extraño en el estómago porque no entendía por qué me estaba llamando si supuestamente estaba justo detrás de la puerta.
Contesté.
Su voz sonaba agitada.
Vale, ¿dónde estás?
Le dije que estaba en la habitación y le pregunté dónde estaba él.
Hubo unos segundos de silencio.
Estoy abajo con el dueño.
Sentí que se me helaban las manos.
Miré hacia la puerta.
Los pasos seguían allí.
Le pregunté entonces quién estaba escribiéndome desde su teléfono.
Diego no entendió.
¿Qué dices? Mi celular estaba en la habitación.
En ese momento recordé algo.
Cuando salió había pensado que se había llevado el teléfono porque lo vi tomar algo de la mesa, pero aparentemente había tomado su billetera, su celular seguía conectado al cargador junto a mi lado de la cama.
Giré lentamente la cabeza.
Allí estaba.
El teléfono de Diego.
Sobre la mesa.
La pantalla estaba encendida.
Me acerqué sin colgar la llamada y revisé la conversación.
Los mensajes estaban allí.
“Ya voy.”
“Estoy subiendo.”
“Ábreme.”
Pero había algo todavía peor.
Mientras yo miraba la pantalla apareció que alguien estaba escribiendo.
Me quedé completamente inmóvil.
Entonces llegó otro mensaje.
“No le creas.”
En ese mismo instante tocaron nuevamente la puerta.
Tres veces.
Diego me gritó por teléfono que no abriera y que iba a subir con el propietario.
Los pasos que estaban frente a mi habitación comenzaron a alejarse lentamente por el corredor.
No corrían.
Simplemente caminaban.
Escuché cómo llegaron hasta la escalera y después desaparecieron.
Un minuto más tarde escuché varias voces y finalmente Diego llamó mi nombre desde afuera, esta vez no abrí hasta que escuché también la voz del propietario.
Cuando entraron les mostré inmediatamente los mensajes.
Diego tomó su teléfono y revisó todo.
La conversación seguía allí.
El propietario se quedó mirando la pantalla durante varios segundos sin decir nada.
Le preguntamos si había alguien más alojado en el segundo piso.
Nos dijo que no.
Éramos los únicos huéspedes de esa parte del hospedaje.
Decidimos irnos esa misma noche aunque seguía lloviendo, mientras guardábamos nuestras cosas le pregunté al propietario si alguna vez había ocurrido algo parecido, al principio dijo que no pero antes de salir nos contó algo que todavía me resulta difícil olvidar.
Años atrás, antes de convertir la casa en hospedaje, aquella propiedad había pertenecido a una familia y una de las habitaciones del segundo piso había permanecido cerrada durante mucho tiempo después de que una joven que vivía allí desapareciera, nunca supieron exactamente qué ocurrió y la familia terminó vendiendo la propiedad años después.
No quise preguntar cuál era esa habitación.
Solo quería irme.
Durante el viaje de regreso Diego y yo intentamos encontrar una explicación lógica, pensamos que alguien pudo haber entrado en su teléfono, que quizá alguna aplicación había enviado mensajes retrasados o incluso que podía tratarse de algún error extraño de sincronización, pero había algo que ninguna de esas explicaciones resolvía.
Los mensajes respondían exactamente a lo que yo estaba escribiendo en ese momento.
Cuando llegamos a casa revisamos nuevamente la conversación.
Seguía completa.
Diego hizo capturas de pantalla y durante varios días intentamos averiguar si alguien había iniciado sesión en su cuenta desde otro dispositivo, pero no encontramos nada extraño.
Con el tiempo dejamos de hablar del tema.
Nuestra relación continuó durante varios meses y después terminamos por razones que no tenían ninguna relación con aquella noche, cada uno siguió con su vida y durante años no volví a pensar demasiado en lo sucedido.
Hasta hace unos meses.
Una noche estaba revisando fotografías antiguas guardadas en mi computadora y encontré la carpeta de aquel viaje, había fotos de la carretera, del hospedaje y algunas que tomamos dentro de la habitación antes de que se fuera la electricidad.
Entre ellas encontré una fotografía del corredor.
No recordaba haberla tomado.
La imagen estaba oscura y al principio no vi nada extraño, pero cuando aumenté el brillo pude distinguir algo al fondo, justo cerca de la escalera.
Parecía una persona.
Pensé inmediatamente que podía ser el propietario, pero al acercar la imagen noté que llevaba ropa oscura y parecía tener el cabello largo.
No puedo asegurar quién era porque la fotografía tiene muy poca calidad y sería irresponsable decir que se trataba de algo sobrenatural, podría haber sido una huésped que nunca vimos, una trabajadora del lugar o simplemente una combinación de sombras.
Lo extraño fue la fecha de la fotografía.
Según la información del archivo había sido tomada a las 11:47 de aquella noche.
Exactamente durante los minutos en los que Diego estaba abajo hablando con el propietario.
Revisé mi antigua conversación buscando las capturas de pantalla que habíamos guardado y encontré una.
El último mensaje enviado desde el teléfono de Diego también marcaba las 11:47.
Decía solamente:
“Ábreme.”
Nunca regresé a ese hospedaje y tampoco intenté averiguar qué había ocurrido realmente allí, quizás todo tenga una explicación sencilla que todavía no conocemos y prefiero pensar que es así.
Pero desde aquella noche tengo una costumbre que nunca he podido abandonar.
Si estoy sola y alguien toca mi puerta, primero pregunto quién es.
Y aunque responda alguien conocido, nunca abro hasta verlo o estar completamente segura de que realmente es esa persona.
Porque una vez, hace varios años, alguien estuvo parado frente a mi puerta diciéndome que era mi novio.
Mientras mi verdadero novio estaba en otro lugar. Me quería morir pero bueno gracias por escucharme....
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