Nos perdimos en la montaña y terminamos encontrando algo inesperado
Siempre he dicho que mi amigo Sergio tiene dos talentos: convencer a la gente de hacer cosas absurdas y desaparecer cuando llega el momento de asumir las consecuencias. Lo comprobé durante un viaje que hicimos cuatro amigos a una zona montañosa para pasar un fin de semana lejos de la ciudad. Sergio había encontrado una ruta que, según un video de internet, conducía a un mirador con una vista espectacular. —Son apenas tres horas caminando —aseguró. —¿Tres horas en tu reloj o en el de una persona que no se cansa? —le pregunté. —Tres horas, si no te detienes a quejarte.
Salimos temprano con mochilas, agua, comida y un entusiasmo que duró exactamente hasta que comenzó la subida. La ruta parecía sencilla al principio, pero después de un par de horas el sendero se dividió en dos caminos. Sergio consultó el mapa de su teléfono, frunció el ceño y señaló el de la izquierda. Caminamos durante cuarenta minutos hasta descubrir que terminaba frente a una pared de rocas. —Creo que nos equivocamos —dijo. —¡Qué descubrimiento! —respondió Laura—. Pensé que habíamos venido a visitar una pared por recomendación turística. Regresamos hasta la bifurcación, pero el cielo comenzó a cubrirse de nubes y el viento se volvió más fuerte. Intentamos seguir las indicaciones del mapa, aunque la señal desapareció y ya no sabíamos exactamente dónde estábamos.
Por primera vez, dejamos de hacer bromas. Decidimos no continuar subiendo y buscar un lugar seguro desde el cual pedir ayuda. Mientras avanzábamos con cuidado, escuchamos el sonido de una campana. Venía de detrás de unos árboles, cerca de una pequeña construcción de piedra. Nos acercamos y encontramos una casa antigua con un techo de madera y un jardín lleno de plantas. Un hombre mayor salió a recibirnos. Se llamaba don Ernesto y llevaba más de treinta años viviendo en aquella montaña. Al ver nuestras caras, no necesitó preguntarnos qué había pasado. —Déjenme adivinar: siguieron el camino del video —dijo. Sergio levantó la mano tímidamente. —¿Cómo lo sabe? El hombre soltó una carcajada. —Porque todos los meses aparece alguien que cree que puede conquistar la montaña siguiendo a un muchacho que graba videos sin mostrar dónde se pierde. Nos invitó a entrar, nos sirvió una bebida caliente y nos permitió llamar a nuestros familiares desde su teléfono. La tormenta empeoró, así que tuvimos que esperar hasta la mañana siguiente para regresar con seguridad. Durante la cena, don Ernesto nos contó que antes trabajaba como maestro y que había elegido vivir allí después de jubilarse. Nos enseñó fotografías de su familia y nos habló de los años en que recorría aquellas rutas con sus hijos.
Lo que más me sorprendió fue que, pese a vivir lejos del pueblo, no parecía sentirse solo. Conocía cada árbol, cada sendero y hasta el sonido de los animales que aparecían por la noche. A la mañana siguiente, cuando el clima mejoró, nos acompañó hasta el camino correcto. Antes de despedirnos, Sergio le preguntó cuánto le debíamos por la comida y el alojamiento. Don Ernesto sonrió y respondió: —Nada. Pero la próxima vez que vengan a la montaña, traigan un mapa de verdad y dejen de confiarle la vida a un teléfono. Todos nos reímos, aunque Sergio guardó silencio.
De regreso a la ciudad, acordamos que nuestra siguiente aventura sería mucho más sencilla: una visita a la playa, con carretera asfaltada, restaurantes cerca y ninguna posibilidad de terminar pidiendo ayuda en una casa perdida en la montaña. Sin embargo, unas semanas después recibimos una fotografía de don Ernesto. Aparecíamos los cuatro frente a su casa, sonriendo y sosteniendo unas tazas calientes. Debajo había escrito: «Cuando quieran volver, aquí tienen un amigo». Desde entonces he comprendido que aquella excursión no salió como la habíamos planeado, pero terminó regalándonos algo mejor que una fotografía espectacular. Conocimos a una persona que nos ayudó sin pedir nada a cambio y descubrimos que una aventura no siempre consiste en llegar al lugar más impresionante. A veces, lo que hace inolvidable un viaje es el encuentro inesperado que ocurre cuando el camino no sale como esperabas.
Y, por supuesto, desde aquel día nadie deja que Sergio elija la ruta. La última vez que lo intentó, Laura le entregó un mapa de la ciudad y le pidió que nos llevara a comprar pan. Todavía consiguió perdernos.
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