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Aventuras

Nuestro viaje a Cusco empezó con una mentira y terminó en Machu Picchu

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Anónimo
20/09/2026 10 min de lectura
Nuestro viaje a Cusco empezó con una mentira y terminó en Machu Picchu

Siempre habíamos dicho que algún día viajaríamos juntos a Cusco, pero entre el trabajo, las parejas, las deudas y esa costumbre que tenemos los adultos de decir “el próximo mes”, habían pasado casi seis años sin que pudiéramos organizar nada. Éramos cuatro amigos desde la universidad: Diego, que se creía experto en absolutamente todo; Martín, que tenía la habilidad especial de perder cosas incluso cuando las tenía en la mano; Sergio, que nunca rechazaba una aventura aunque no tuviera la menor idea de cómo terminarla; y yo, que cometí el error de ser quien compró los pasajes. Cuando finalmente conseguimos coincidir en las fechas, hicimos un grupo de WhatsApp llamado “Cusco o Morimos”, nombre que en ese momento nos pareció gracioso y que dos días después comenzó a parecernos una posibilidad real.

Llegamos a Cusco muy temprano. Apenas salimos del aeropuerto, Diego respiró profundamente y dijo: “No siento nada”. Martín respondió: “Yo tampoco”. Sergio levantó la mano y dijo: “Yo sí siento hambre”. Yo todavía estaba riéndome cuando una señora que vendía tours se acercó y nos preguntó si necesitábamos transporte. Diego, con esa seguridad que siempre tenía incluso cuando no sabía de qué hablaba, le dijo: “Nosotros conocemos Cusco”. La señora lo miró y preguntó: “¿Es su primera vez?”. Diego respondió: “Sí”. La señora sonrió y se fue. Nosotros lo miramos. “¿Entonces por qué dijiste que conocemos Cusco?”. Diego se encogió de hombros. “Hay que hablar con seguridad”. Esa frase se convirtió en el lema de nuestro viaje.

Nuestro hotel estaba cerca del centro histórico y decidimos salir inmediatamente a caminar. El primer problema apareció a los diez minutos. La ciudad tenía calles que subían y bajaban constantemente y nosotros, que veníamos de Lima, no estábamos preparados para la altura. Sergio iba adelante como si estuviera en una maratón. Martín caminaba detrás respirando como si acabara de subir diez pisos corriendo. Yo intentaba mantener la dignidad. Diego, por supuesto, decía que estaba perfectamente.

—¿Están cansados? —preguntó.

—No —respondimos los tres.

—Yo tampoco.

Cinco minutos después Diego se sentó en una banca.

—Voy a descansar un momento.

Martín lo miró.

—¿No estabas perfecto?

—Estoy descansando por ustedes.

Seguimos caminando por las calles del centro. Llegamos a la Plaza de Armas y nos quedamos impresionados. Había turistas de todas partes, músicos, vendedores y edificios hermosos. Sacamos tantas fotografías que parecía que estábamos documentando una expedición científica. Sergio incluso hizo que un desconocido nos tomara una foto grupal. Cuando vimos la imagen, todos estábamos mirando hacia lados diferentes porque el hombre había tomado la fotografía justo cuando pasaba una paloma frente a nosotros. Sergio dijo que era artística. Martín dijo que parecía una fotografía de cuatro personas esperando un accidente.

Después decidimos buscar comida. Entramos a un restaurante y Diego, que había visto videos sobre gastronomía peruana, comenzó a recomendar platos como si hubiera nacido en Cusco. Terminamos pidiendo varios platos para compartir. La comida llegó y todo parecía perfecto hasta que Sergio preguntó qué era exactamente uno de los ingredientes.

El camarero respondió.

Sergio dejó el tenedor.

—¿Eso se come?

El camarero sonrió.

—Claro.

Sergio miró a los tres.

—Entonces ustedes primero.

Nos reímos tanto que el camarero terminó riéndose también.

Por la tarde visitamos varios lugares del centro histórico. En cada sitio Diego insistía en convertirse en nuestro guía turístico. Leía dos líneas de información en su teléfono y después nos contaba una historia de veinte minutos.

En una calle antigua se detuvo frente a una pared de piedra y dijo:

—Esta construcción tiene cientos de años.

Martín preguntó:

—¿Cómo sabes?

Diego respondió:

—Porque se nota.

—¿Dónde lo dice?

—No importa.

Más tarde descubrimos que había leído la información de otro lugar.

Esa noche cenamos cerca de la Plaza de Armas y regresamos al hotel caminando. A mitad del camino Martín se dio cuenta de que había perdido su gorro.

—¿Dónde lo tenías?

—En la cabeza.

—¿Y ahora?

—No.

Regresamos siguiendo el mismo camino durante casi media hora. Encontramos el gorro exactamente donde habíamos cenado. Martín lo recogió, se lo puso y dijo:

—Sabía que estaba aquí.

Nadie quiso recordarle que había dicho que lo había perdido.

Al día siguiente comenzaba nuestra verdadera aventura: Machu Picchu.

Nos levantamos antes del amanecer. Bueno, casi todos.

Diego había puesto cinco alarmas.

No escuchó ninguna.

A las cuatro de la mañana estábamos golpeando la puerta de su habitación.

—¡Diego!

Nada.

—¡Diego, despierta!

Nada.

Finalmente Sergio gritó:

—¡El tren se va!

La puerta se abrió de golpe.

Diego apareció despeinado, con una camiseta puesta al revés.

—Estoy listo.

Martín lo miró.

—No estás listo.

—¿Por qué?

—Porque llevas la camiseta al revés.

Diego bajó la mirada.

—Es una nueva moda.

Llegamos a la estación con el tiempo justo. Subimos al tren todavía medio dormidos. Durante el trayecto nos quedamos mirando el paisaje. Poco a poco las montañas comenzaron a aparecer y el río acompañaba gran parte del recorrido. La emoción aumentaba con cada kilómetro.

Cuando finalmente llegamos a Machu Picchu Pueblo, sentimos que realmente había comenzado el viaje.

Tomamos el transporte hacia la ciudadela y, después de un rato, llegamos al ingreso.

Diego sacó el teléfono.

—Tenemos que hacer una foto épica.

Sergio preguntó:

—¿Qué es una foto épica?

Diego respondió:

—Ya verás.

Llegamos al mirador y nos quedamos completamente callados.

Por unos segundos nadie hizo bromas.

Machu Picchu apareció frente a nosotros.

Después de tantas fotografías, documentales y videos, estar allí era diferente. Las montañas alrededor, las construcciones de piedra y aquella inmensidad nos dejaron impresionados.

Martín fue el primero en hablar.

—Ahora entiendo por qué todos vienen.

Sergio respondió:

—Yo todavía no entiendo cómo vamos a subir de regreso.

Nos reímos.

Comenzamos el recorrido.

Todo iba perfecto hasta que Diego decidió hacer de fotógrafo profesional.

—Párense ahí.

Nos colocamos.

—No, más a la izquierda.

Nos movimos.

—Ahora miren hacia la montaña.

Miramos.

—Ahora sonrían.

Sonreímos.

—Ahora una seria.

Pusimos cara seria.

—Ahora una espontánea.

Martín perdió la paciencia.

—¡¿Cómo se hace una foto espontánea si nos estás diciendo todo lo que tenemos que hacer?!

El guía que estaba cerca comenzó a reírse.

Continuamos el recorrido y en uno de los momentos Sergio decidió comprar un recuerdo. Sacó su billetera y descubrió que había dejado el dinero en la mochila que habíamos guardado.

—No importa —dijo—. Tengo tarjeta.

Sacó la tarjeta.

—Tampoco hay señal.

—Entonces pago con el celular.

—Tampoco hay señal.

Finalmente preguntó:

—¿Aceptan una promesa?

La señora que vendía los recuerdos se rio.

—No.

Terminamos comprando nada.

Después de varias horas caminando, empezamos a sentir el cansancio. Pero todavía teníamos que regresar.

En el camino de vuelta, Martín preguntó:

—¿Alguien sabe dónde está Sergio?

Nos detuvimos.

Sergio no estaba.

Diego dijo:

—Seguro está atrás.

Esperamos.

Nada.

Regresamos unos metros.

Tampoco estaba.

Por unos minutos sentimos preocupación.

Hasta que escuchamos una voz.

—¡Estoy aquí!

Sergio apareció detrás de una estructura.

—¿Dónde estabas?

Señaló su teléfono.

—Buscando señal.

Nos quedamos mirándolo.

—¿Te separaste del grupo para buscar señal?

—Sí.

Diego se llevó las manos a la cabeza.

—Estamos en Machu Picchu. ¿Qué señal esperabas encontrar?

Sergio respondió:

—La esperanza es lo último que se pierde.

Finalmente regresamos a Aguas Calientes y tuvimos tiempo de caminar por el pueblo antes de tomar el tren de vuelta. Estábamos cansados, despeinados y con las piernas destruidas, pero ninguno quería que terminara el día.

En el tren, comenzamos a revisar las fotografías.

Habíamos tomado cientos.

De pronto Martín encontró una imagen y comenzó a reírse.

—¡Miren esto!

Era una fotografía en la que Diego estaba posando frente a Machu Picchu con una expresión seria.

Todo parecía perfecto.

Hasta que ampliamos la imagen.

Detrás de él había un hombre pasando con una bolsa enorme en la cabeza.

Nos reímos durante varios minutos.

Diego intentó defender la foto.

—Es un detalle artístico.

—Claro —dijo Sergio—. Un señor con una bolsa en la cabeza es arte.

Cuando regresamos a Cusco, pensábamos descansar.

No lo hicimos.

Salimos nuevamente porque era nuestra última noche.

Caminamos por el centro histórico, compramos recuerdos y terminamos en un pequeño restaurante. Allí recordamos todas las cosas que habían salido mal durante el viaje.

El gorro perdido.

La camiseta de Diego.

La supuesta experiencia gastronómica.

La búsqueda de señal en Machu Picchu.

Y, sobre todo, aquella primera frase:

“Nosotros conocemos Cusco”.

Martín levantó su vaso.

—Por Diego, nuestro guía experto.

Diego respondió:

—Y por ustedes, mis alumnos.

Sergio levantó el suyo.

—Por Machu Picchu.

Yo levanté el mío.

—Y por volver algún día.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos.

Porque, aunque habíamos pasado buena parte del viaje riéndonos de nosotros mismos, todos sabíamos que aquel viaje significaba mucho más.

Éramos cuatro amigos que llevábamos años diciendo que algún día viajaríamos juntos.

Y finalmente lo habíamos hecho.

No salió perfecto.

Nos perdimos.

Nos cansamos.

Nos equivocamos.

Nos reímos de cosas absurdas.

Pero quizá precisamente por eso terminó siendo inolvidable.

Antes de regresar al hotel caminamos nuevamente por la Plaza de Armas. La ciudad estaba iluminada y había gente caminando por todos lados.

Diego se detuvo.

—Esperen.

—¿Qué pasó? —preguntamos.

Sacó el teléfono.

—Una última foto.

Nos juntamos.

Esta vez nadie hizo poses.

Nadie dio instrucciones.

Nadie intentó parecer serio.

Simplemente sonreímos.

Cuando volvimos a Lima, imprimimos aquella fotografía y la colocamos en la sala de la casa de Martín.

Debajo escribió:

“Cusco 2026. Cuatro amigos, cero sentido de orientación y demasiadas historias para contar.”

Y cada vez que alguno de nosotros la mira, terminamos diciendo lo mismo:

—Tenemos que volver.

Aunque después de conocernos tantos años, todos sabemos perfectamente cómo terminará.

Volveremos a decir:

“Este año sí”.

Y probablemente tardaremos otros seis años.

Pero esta vez, al menos, ya sabemos algo.

Si volvemos a Machu Picchu, Diego no será el guía, Martín no llevará objetos que pueda perder y Sergio no se separará del grupo buscando señal.

Bueno...

Eso último nadie se lo cree.

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