Pense que esta frase era mentira (No mires debajo de la cama)
A las 3:17 de la madrugada, Mateo se despertó porque alguien estaba susurrando su nombre.
—Mateo...
Abrió los ojos.
Su habitación estaba completamente oscura.
—Mateo...
Esta vez lo escuchó claramente.
Venía de debajo de su cama.
Se quedó inmóvil.
Durante unos segundos pensó que estaba soñando. Entonces oyó tres golpes.
Toc.Toc.Toc.
Mateo agarró el celular y encendió la linterna.
Miró alrededor.
Nada.
El armario estaba cerrado. La ventana también. La puerta seguía entreabierta, exactamente como la había dejado.
Volvió a escuchar:
—Mateo... tengo frío.
Era la voz de su madre.
Mateo sintió que se le helaba el cuerpo.
Su madre estaba dormida en la habitación del otro lado del pasillo.
—Mamá... —susurró.
Silencio.
Entonces su celular vibró.
Mamá: No salgas de tu habitación.
Mateo dejó de respirar.
Miró el mensaje.
Un segundo después llegó otro.
Mamá: Hay alguien caminando por el pasillo.
Mateo escuchó pasos.
Lentos.
Tac...Tac...Tac...
Se acercaban a su puerta.
Mateo levantó lentamente la linterna hacia la entrada.
La puerta comenzó a abrirse.
Unos centímetros.
Luego otros.
Y apareció la cara de su madre.
Pálida.
Asustada.
Ella levantó un dedo frente a sus labios.
—Shhh...
Mateo casi lloró de alivio.
Su madre entró y cerró la puerta rápidamente.
Después se acercó a él y le susurró:
—No mires debajo de la cama.
Mateo asintió.
Pero entonces su celular vibró otra vez.
Miró la pantalla.
Era otro mensaje de su madre.
Mamá: No estoy en tu habitación.
Mateo levantó lentamente la mirada.
La mujer que estaba a su lado seguía sonriendo.
Pero ahora tenía los ojos completamente negros.
Y desde debajo de la cama salió una voz desesperada:
—¡Mateo, no le creas! ¡Yo soy tu madre!
La criatura junto a él abrió la boca.
Demasiado.
Muchísimo más de lo que una boca humana podía abrirse.
Y sonrió.
—Entonces... —susurró— ¿por qué llevas diez minutos mirando debajo de la cama?
Mateo se quedó paralizado.
Porque él no había mirado.
Todavía.
La criatura señaló lentamente el suelo.
Mateo bajó la mirada.
Debajo de la cama había dos ojos enormes observándolo.
Y entonces comprendió algo peor.
Los ojos no estaban debajo de la cama.
Estaban pegados al techo.
Mirándolo desde arriba.
Y una última voz, justo detrás de su oído, susurró:
—No mires hacia arriba.
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