Quien se robo las empanadas
En mi barrio había un misterio que nadie podía resolver: todas las tardes desaparecía una empanada de la panadería de Don Carlos. No era una, eran siempre dos. El hombre las dejaba en una bandeja detrás del mostrador y, cuando se daba la vuelta para atender a un cliente, desaparecían. Lo curioso era que nadie veía al ladrón. Mis amigos y yo decidimos investigar porque, según Diego, aquello era "el caso criminal más importante de nuestra generación". Éramos cuatro: Diego, Martín, Leo y yo. Nos escondimos frente a la panadería con una libreta, unos lentes de sol que no servían para nada y una cámara vieja. El primer día estuvimos casi tres horas vigilando. No vimos absolutamente nada, pero sí nos comimos cuatro helados mientras investigábamos. Diego anotó en su libreta: "El sospechoso podría ser alguien con mucha hambre". Nos burlamos de él, aunque probablemente tenía razón.
Al día siguiente regresamos. Esta vez nos escondimos detrás de un automóvil. Después de veinte minutos vimos a una señora entrar a la panadería. Don Carlos se dio la vuelta y, segundos después, una empanada desapareció. ¡La habíamos visto! Salimos corriendo detrás de ella, convencidos de que habíamos descubierto al culpable. La señora caminó dos cuadras, entró a su casa y cerró la puerta. Nosotros nos quedamos afuera sin saber qué hacer. Martín dijo: "Creo que deberíamos llamar a la policía". Yo le pregunté: "¿Y qué les vamos a decir? ¿Que una señora se comió una empanada?". Terminamos riéndonos y nos fuimos.
Al tercer día ocurrió algo todavía más extraño. Estábamos escondidos cuando vimos a un hombre acercarse a la panadería. Miró a ambos lados, entró, esperó unos segundos y salió con algo escondido debajo de su chaqueta. ¡Era una empanada! Lo seguimos. Caminó hasta una esquina y se sentó en una banca. Entonces sacó la empanada y comenzó a comérsela tranquilamente. Diego se acercó indignado.
—¡Te descubrimos!
El hombre nos miró sorprendido.
—¿Descubrieron qué?
—¡Que eres el ladrón de empanadas!
El hombre comenzó a reírse.
—¿Ladrón? Yo trabajo aquí.
Resultó ser el hermano de Don Carlos. Se llevaba las empanadas que habían quedado demasiado tiempo fuera para dárselas a los trabajadores.
Nos sentimos completamente avergonzados.
Pero cuando regresamos a la panadería, Don Carlos nos miró y comenzó a reírse.
—¿Ustedes eran los detectives?
Nos quedamos callados.
Entonces nos señaló una esquina detrás del mostrador.
Allí había una pequeña cámara.
Don Carlos la había instalado desde el primer día.
—¿Y nunca supieron quién se llevaba las empanadas? —pregunté.
—Claro que sí.
—¿Quién era?
Don Carlos señaló hacia la puerta.
Un perro callejero estaba sentado afuera mirándonos fijamente.
—Él.
Resultó que el perro entraba cuando nadie miraba, agarraba una empanada y salía corriendo. Y lo más gracioso era que los empleados ya lo conocían y, en lugar de echarlo, algunas veces le dejaban una.
Nosotros habíamos pasado tres días siguiendo personas, tomando notas y escondiéndonos detrás de carros...
Mientras el verdadero culpable tenía cuatro patas.
Desde entonces, cada vez que pasamos por la panadería, el perro nos mira como si supiera que casi lo llevamos preso.
Y lo peor es que ahora tiene una costumbre.
Cuando nos ve, se acerca, se sienta frente a nosotros y espera.
Porque aparentemente descubrió que los detectives también pueden pagar la empanada.
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