TE AMO
La última vez que vi a Valeria, ella me dijo que me odiaba. Lo recuerdo perfectamente porque fue también la última vez que la vi sonreír. Estábamos bajo la lluvia, frente a la estación de tren, y yo tenía las manos temblando mientras intentaba convencerla de que no se fuera. Ella sostenía una pequeña maleta roja y tenía los ojos llenos de lágrimas. "No vuelvas a buscarme", me dijo. Yo quería decirle que no podía vivir sin ella, que todo lo que había hecho había sido por nosotros, que algún día entendería por qué había tenido que mentirle. Pero no dije nada. La dejé subir al tren. Y ese fue el peor error de mi vida.
La conocí cuando tenía veinticuatro años. Yo trabajaba en una pequeña librería del centro y ella entró una tarde buscando un libro que, según me dijo, probablemente no existía. Le pregunté cuál era el título y respondió que no lo sabía. Solo recordaba que la portada era azul y que hablaba de dos personas que se encontraban después de muchos años. Me reí y le dije que con esos datos sería imposible encontrarlo. Ella me miró muy seria y contestó: "Entonces tendrás que ayudarme a buscarlo". No sabía que aquella frase cambiaría mi vida.
Pasamos casi dos horas buscando aquel libro. No lo encontramos. Antes de marcharse, me dejó su número de teléfono escrito en un papel y me dijo que, si algún día encontraba el libro, tenía que avisarle. Esa misma noche le escribí. No había encontrado el libro, pero inventé una excusa para hablar con ella. Le dije que quizá necesitaba más información. Ella respondió que quizá necesitaba conocerme mejor para recordar más detalles. Esa fue nuestra primera conversación. Después vinieron muchas más.
Valeria tenía una forma de mirar que hacía que todo pareciera importante. Cuando hablaba, yo podía pasar horas escuchándola. Le gustaban las noches frías, el café demasiado dulce y las películas que siempre terminaban haciéndola llorar. Decía que quería conocer el mundo, pero cada vez que le preguntaba dónde le gustaría vivir, respondía que en cualquier lugar donde pudiera sentirse en casa. Yo nunca se lo dije, pero desde el principio quise que ese lugar fuera conmigo.
Nos enamoramos sin darnos cuenta. Primero fueron paseos después del trabajo. Luego cenas improvisadas. Después llegaron los domingos enteros juntos, las llamadas hasta la madrugada y las pequeñas discusiones que terminaban en besos. Un día me di cuenta de que había empezado a pensar en todo utilizando la palabra "nosotros". Ya no decía "quiero viajar". Decía "queremos viajar". Ya no decía "algún día compraré una casa". Decía "algún día tendremos una casa". Ella se había convertido en mi futuro sin que yo hubiera tenido que decidirlo.
Una noche nos sentamos en el techo de mi edificio para mirar las estrellas. Hacía frío y ella tenía la cabeza apoyada en mi hombro. Me preguntó si yo creía que algunas personas estaban destinadas a encontrarse. Le dije que no creía en el destino. Ella se quedó callada unos segundos y después sonrió. "Entonces supongo que tuvimos mucha suerte". La besé en la frente y le prometí que nunca la dejaría sola. No sabía que años después recordaría aquella promesa como una de las cosas que más me dolían.
Después de cuatro años juntos decidimos casarnos. No queríamos una boda enorme. Queríamos algo sencillo. Una pequeña ceremonia, nuestras familias, algunos amigos y un viaje después. Valeria comenzó a planearlo todo. Había encontrado un vestido, elegido las flores y hasta tenía una lista de canciones. Yo fingía que no me interesaba, pero en secreto guardaba cada detalle porque quería recordar todo.
Fue entonces cuando descubrí que estaba enfermo.
Al principio pensé que no era nada. Había comenzado a sentirme cansado, tenía dolores constantes y algunas noches me despertaba empapado en sudor. Fui al médico pensando que me daría unas pastillas y me mandaría a casa. En cambio, después de varias pruebas, me dijeron que tenía una enfermedad grave. El médico habló durante varios minutos, pero yo apenas escuché una palabra. Solo entendí que el tratamiento sería largo y que nadie podía asegurarme cuánto tiempo tenía.
Salí del hospital y me senté dentro del coche. Llamé a Valeria. Cuando escuché su voz, estuve a punto de contárselo todo. Pero entonces imaginé su rostro, sus planes, el vestido que había elegido, la vida que estaba construyendo conmigo. Y tuve miedo. No miedo a morir. Miedo a verla destruirse conmigo.
Durante las semanas siguientes fingí que todo estaba bien. Seguimos planeando la boda. Ella hablaba de nuestro futuro mientras yo comenzaba a contar los días en secreto. Cada vez que me abrazaba, pensaba que quizá aquel sería uno de los últimos abrazos. Cada vez que me decía "te amo", sentía que estaba robándole tiempo.
Un día, Valeria encontró los documentos médicos en mi coche. Me preguntó qué eran. Intenté mentir, pero ella me conocía demasiado bien. Me miró durante unos segundos y entendió que algo estaba mal. "Dime la verdad", me pidió. No pude hacerlo. Le dije que estaba cansado, que eran unas pruebas normales y que no debía preocuparse. Ella quiso creerme.
Pero las mentiras siempre terminan encontrando la manera de salir.
Un mes antes de nuestra boda, mi estado empeoró. Los médicos me dijeron que necesitaba comenzar un tratamiento inmediatamente. Yo sabía que si lo hacía, Valeria descubriría todo. Entonces tomé la decisión más cruel de mi vida.
Decidí hacer que me odiara.
Comencé a alejarme. Dejé de responder sus mensajes. Cancelaba nuestras citas. Inventaba excusas. Ella me preguntaba qué estaba pasando y yo respondía que necesitaba estar solo. Una noche apareció en mi apartamento llorando. Me preguntó si había otra mujer. Me preguntó si había dejado de amarla. Yo quería abrazarla. Quería decirle que nunca había amado a nadie como a ella. Pero hice lo contrario.
Le dije que me había cansado.
La vi romperse frente a mí.
Nunca olvidaré sus ojos.
"¿Entonces todo este tiempo fue una mentira?", preguntó.
Yo bajé la mirada.
"Sí."
Esa palabra me destruyó.
Ella salió de mi apartamento sin decir nada. Durante los días siguientes intentó llamarme. Nunca contesté. Finalmente me envió un mensaje. Solo decía: "Espero que algún día te arrepientas de haberme hecho sentir que no era suficiente".
Me arrepentí inmediatamente.
Pero ya era demasiado tarde.
Pasaron dos meses. Mi salud empeoró rápidamente. Yo estaba recibiendo tratamiento y casi no podía salir de casa. Mis amigos sabían la verdad, pero les pedí que no le dijeran nada a Valeria. Quería que siguiera adelante. Quería que me olvidara.
Entonces recibí una invitación.
Valeria se casaba.
No conmigo.
Cuando vi la fotografía del hombre que estaba a su lado, sentí algo que no puedo explicar. Era un buen hombre. Lo conocía de vista. Trabajaba con ella. Siempre había sido amable.
Me alegré por ella.
Y al mismo tiempo sentí que me estaban arrancando el corazón.
El día de su boda llovió.
Yo estaba en mi habitación, mirando por la ventana, cuando recibí un mensaje de un número desconocido.
"¿Por qué nunca me dijiste la verdad?"
Sentí que el mundo se detenía.
Era Valeria.
No sabía cómo había descubierto todo.
La llamé inmediatamente.
Contestó llorando.
"¿Cuánto tiempo llevas enfermo?"
No respondí.
"¿Cuánto tiempo?"
Le dije la verdad.
Los médicos me habían dado pocos meses.
Hubo un largo silencio.
Después escuché su voz.
"Te odio."
Cerré los ojos.
"Lo sé."
"Te odio por haber decidido por mí."
No supe qué responder.
"Yo te habría elegido", dijo.
Y entonces comenzó a llorar.
Yo también.
"Te habría elegido aunque fueran diez años, cinco años, un año o un solo día. Te habría elegido igual."
Nunca había sentido un dolor semejante.
Porque en ese momento comprendí que todo lo que había hecho para protegerla había conseguido exactamente lo contrario.
Le había quitado la posibilidad de decidir por sí misma.
Después de aquella llamada, Valeria canceló su boda.
Pero no volvió conmigo.
Me dijo que necesitaba tiempo.
Lo entendí.
Durante los meses siguientes nos vimos algunas veces. Caminábamos juntos, hablábamos y recordábamos nuestra vida. Nunca intentamos recuperar lo que habíamos tenido. Sabíamos que ya no era posible. Yo estaba demasiado enfermo y ella estaba demasiado herida.
Una tarde regresamos a la librería donde nos conocimos.
Ella miró las estanterías y sonrió.
"¿Encontraste alguna vez aquel libro?", preguntó.
Negué con la cabeza.
Ella señaló una estantería.
"Está ahí."
Me acerqué.
Había un libro con una portada azul.
Lo saqué.
Era exactamente el libro que había buscado aquella primera tarde.
Lo abrimos juntos.
En la primera página había una dedicatoria escrita por alguien desconocido.
Decía: "Algunas personas llegan tarde a nuestra vida, pero llegan justo a tiempo para cambiarla."
Valeria comenzó a llorar.
Yo la abracé.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que no necesitábamos promesas.
Solo necesitábamos aquel momento.
Mi enfermedad avanzó.
Cada día me costaba más caminar. Cada vez dormía más. Los médicos dejaron de hablar de tratamientos y comenzaron a hablar de comodidad. Yo sabía lo que significaba.
Una noche Valeria vino a verme.
Se sentó junto a mi cama y tomó mi mano.
"¿Tienes miedo?", preguntó.
Le dije que sí.
"¿De morir?"
Negué con la cabeza.
"De no volver a verte."
Ella apoyó la cabeza sobre mi pecho.
"Entonces no cierres los ojos todavía."
Sonreí.
"Voy a intentarlo."
Pasamos toda la noche hablando. Recordamos nuestro primer café, nuestro primer beso, nuestra primera pelea, el viaje que nunca hicimos y la casa que nunca compramos. Nos reímos. Lloramos. Por unas horas olvidamos que el tiempo se nos estaba acabando.
Antes de irse, Valeria me besó.
"Te perdono", susurró.
Fue la última frase que necesitaba escuchar.
Murió tres días después.
No hubo despedida.
No hubo última conversación.
Simplemente me quedé dormido y nunca desperté.
Eso es lo que me contaron.
Ahora han pasado muchos años.
Y si estás leyendo esto, probablemente te estés preguntando por qué te estoy contando esta historia.
La razón es sencilla.
Yo soy Valeria.
El hombre que les contó todo esto era mi esposo.
Encontré estas páginas entre sus cosas después de su muerte. Nunca me las entregó. Nunca me dijo que había escrito nuestra historia. Durante años pensé que me había abandonado porque había dejado de amarme. Solo después de encontrar este cuaderno entendí la verdad.
Lo odié durante mucho tiempo.
Después lo perdoné.
Y finalmente comprendí que, aunque intentó protegerme de su muerte, lo único que consiguió fue hacerme vivir durante años con una mentira.
Por eso escribo esto ahora.
Si alguna vez amas a alguien, no decidas por esa persona cuánto dolor puede soportar. No escondas la verdad para protegerla. No te alejes pensando que así será más fácil.
Porque quizá tengas razón.
Quizá algún día consiga vivir sin ti.
Pero también puede pasar algo peor.
Puede pasar que pase el resto de su vida preguntándose por qué dejaste de amarla.
Y créeme, no existe dolor más grande que descubrir demasiado tarde que la persona que más amabas nunca dejó de hacerlo.
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