Todos pensaban que yo era el peor estudiante de la clase
Durante años llevé sobre mis hombros una etiqueta que no sabía cómo quitarme: “el que nunca llegará a nada”. No estaba escrita en ningún documento, pero podía sentirla cada vez que entraba al salón de clases, cada vez que entregaba un examen con una nota baja y cada vez que escuchaba a algún profesor decir que yo tenía capacidad, pero que no me esforzaba lo suficiente. La verdad era mucho más complicada de lo que cualquiera imaginaba. Yo tenía diecisiete años y estudiaba por las mañanas, pero por las tardes trabajaba en una pequeña tienda para ayudar a mi madre con los gastos de la casa. Mi padre se había marchado cuando yo era niño y durante muchos años fuimos solamente mi madre y yo intentando salir adelante. Nunca se lo conté a mis compañeros porque me daba vergüenza que supieran que después de clases no iba a jugar ni a descansar, sino que tenía que pasar varias horas trabajando. Llegaba a casa tarde, cenaba lo que hubiera y muchas noches intentaba estudiar con los ojos pesados, sentado frente a una mesa pequeña mientras mi madre dormía en la habitación de al lado. Algunas veces me quedaba dormido sobre los cuadernos y al día siguiente llegaba al colegio sin haber terminado las tareas. Para los demás yo era simplemente un estudiante irresponsable.
Había un profesor de matemáticas llamado Ramírez que parecía tenerme especial paciencia. Nunca entendí por qué. Mientras otros profesores ya habían decidido que yo no tenía remedio, él siempre buscaba una manera de hacerme participar. Cuando me sacaba una mala nota, no me humillaba delante de la clase. Me llamaba después y me preguntaba qué estaba pasando. Yo siempre respondía que nada. Él sabía que estaba mintiendo, pero nunca me obligó a hablar. Una mañana me entregó un examen y había escrito una frase en la parte superior: “No confundas tus circunstancias con tu capacidad”. Me quedé mirando aquellas palabras durante varios minutos. No sabía por qué, pero sentí que ese profesor había visto algo en mí que yo mismo había dejado de ver. Ese día guardé el examen en mi mochila y, cuando llegué al trabajo, lo saqué varias veces para volver a leerlo. No se lo conté a mi madre. Ella tenía suficientes preocupaciones y yo no quería agregarle otra.
Los meses pasaron y mi situación empeoró. En la tienda donde trabajaba comenzaron a pedirme más horas porque uno de los empleados había renunciado. Yo necesitaba el dinero, así que acepté. Empecé a llegar todavía más tarde a casa y cada vez tenía menos tiempo para estudiar. Mis notas bajaron. Algunos compañeros comenzaron a burlarse de mí. Recuerdo especialmente una ocasión en la que un grupo estaba hablando sobre lo que querían hacer después de terminar el colegio. Uno quería estudiar medicina, otro ingeniería y una chica decía que quería convertirse en profesora. Cuando me preguntaron qué quería hacer yo, respondí que todavía no lo sabía. Uno de ellos se rio y dijo: “Primero termina el colegio”. Todos se rieron. Yo también fingí que me causaba gracia, pero por dentro sentí algo que no había sentido antes: vergüenza. Esa tarde, mientras acomodaba cajas en la tienda, pensé seriamente en dejar los estudios. Me parecía absurdo seguir intentando algo en lo que todos creían que iba a fracasar. Cuando llegué a casa se lo dije a mi madre. Ella se quedó en silencio durante unos segundos y luego me preguntó: “¿Eso es lo que tú quieres o es lo que estás empezando a creer porque otros te lo repiten?”. No supe qué responder.
Al día siguiente fui al colegio decidido a hablar con el director para retirarme. Antes de hacerlo pasé por el salón de matemáticas. El profesor Ramírez estaba solo, revisando unos exámenes. Me vio en la puerta y me dijo que entrara. Le conté que estaba pensando en dejar los estudios porque necesitaba trabajar más horas. Esperaba que me dijera que debía seguir estudiando, pero en lugar de eso cerró los exámenes, se levantó y se sentó frente a mí. Me preguntó cuánto tiempo trabajaba, cuánto tardaba en llegar a casa y cuándo estudiaba. Cuando terminé de responder, se quedó pensativo. Después me dijo: “Entonces no eres un mal estudiante. Eres un estudiante cansado”. Aquella frase me golpeó. Nunca nadie había dicho eso. Yo llevaba años pensando que era incapaz, cuando quizá simplemente estaba intentando hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. El profesor me pidió que no abandonara todavía. Me dijo que buscáramos una solución. Durante las siguientes semanas comenzó a ayudarme después de clases. Me explicaba los temas que no entendía y me prestaba libros. Yo estudiaba en el bus, durante mi descanso en el trabajo y algunas noches hasta quedarme dormido. No me convertí mágicamente en el mejor alumno. Seguía cometiendo errores, seguía llegando cansado y seguía teniendo notas que no eran extraordinarias, pero por primera vez sentía que alguien creía que yo podía conseguirlo.
Llegó el último año. Mi vida seguía siendo difícil, pero algo había cambiado. Ya no estudiaba para demostrarles algo a mis compañeros. Estudiaba porque quería demostrarme algo a mí mismo. El profesor Ramírez seguía acompañándome y cada vez que yo decía que no podía, él me preguntaba: “¿No puedes o todavía no sabes cómo?”. Esa diferencia comenzó a cambiar mi manera de pensar. Finalmente llegó el examen que definiría si podía acceder a una beca para continuar mis estudios. Necesitaba una buena puntuación. La noche anterior estaba tan nervioso que apenas pude dormir. Mi madre se levantó temprano y me preparó el desayuno. Antes de salir me abrazó y me dijo: “Pase lo que pase, ya estoy orgullosa de ti”. Fui al examen pensando que quizá era mi única oportunidad. Contesté pregunta tras pregunta hasta llegar a una que no sabía resolver. Me quedé mirando el papel. Por unos segundos regresaron todas aquellas voces que había escuchado durante años: “No vas a llegar a nada”, “Primero termina el colegio”, “No tienes capacidad”. Cerré los ojos, respiré y recordé la frase del profesor: “No confundas tus circunstancias con tu capacidad”. Volví a mirar el problema y continué.
Unas semanas después publicaron los resultados. Fui con varios compañeros a revisar la lista. Había cientos de nombres. Busqué el mío una vez. No lo encontré. Lo busqué nuevamente. Nada. Sentí que el corazón se me hundía. Pensé que había fracasado. Entonces un compañero me señaló una sección de la lista que no había visto. Mi nombre estaba allí. Había obtenido una de las becas. No sabía qué hacer. Me quedé completamente quieto mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. El mismo chico que años atrás se había burlado de mí se acercó y me felicitó. Yo apenas pude responder. Esa tarde fui corriendo a la tienda para contarle a mi madre. Cuando le dije que había conseguido la beca, dejó lo que estaba haciendo y me abrazó. Los dos lloramos. No por la beca en sí, sino porque sabíamos todo lo que había ocurrido detrás de ese resultado.
Pensé que aquella sería la parte más importante de mi historia, pero estaba equivocado. Años después terminé mis estudios y conseguí un trabajo relacionado con lo que había aprendido. Un día recibí una llamada del colegio. Querían invitarme a una ceremonia para hablar con los estudiantes. Acepté. Cuando entré al salón de actos, vi a muchos jóvenes sentados frente a mí. Algunos estaban distraídos, otros hablaban entre ellos y algunos parecían no tener ningún interés en lo que yo iba a decir. Entonces recordé exactamente cómo era yo a esa edad. Subí al escenario y antes de comenzar miré hacia la primera fila. Allí estaba el profesor Ramírez. Había envejecido mucho. Me sonrió.
Después de la ceremonia fui a buscarlo. Lo abracé y le agradecí todo lo que había hecho por mí. Él me dijo que no había hecho nada extraordinario. “Solo te recordé algo que ya estaba dentro de ti”, respondió. Luego me entregó un sobre. Me dijo que lo había guardado durante muchos años y que había esperado hasta ese día para dármelo. Lo abrí con curiosidad. Dentro estaba aquel antiguo examen de matemáticas que me había entregado cuando tenía diecisiete años. El papel estaba arrugado y amarillento, pero todavía podía leer la frase que había escrito: “No confundas tus circunstancias con tu capacidad”.
Debajo había una segunda frase que yo nunca había visto.
Decía: “Algún día vas a entender por qué insistí tanto contigo”.
Me quedé mirándolo sin saber qué decir. Él me explicó que durante aquellos años había visto muchos estudiantes abandonar sus sueños porque alguien les hizo creer que una mala nota significaba que eran incapaces. Me dijo que no quería que yo cometiera ese error. Entonces sacó una fotografía vieja de la clase. Señaló a varios estudiantes y me dijo que algunos habían dejado los estudios, otros habían cambiado de camino y otros habían logrado grandes cosas. “Cada uno tenía una historia que nadie conocía”, me dijo.
Antes de despedirnos, le pregunté por qué había guardado aquel examen durante tantos años. Él sonrió y respondió: “Porque quería que algún día pudieras verlo desde el otro lado”.
No entendí inmediatamente lo que quiso decir.
Pero cuando regresé a casa y volví a leerlo, finalmente comprendí.
Durante años había mirado mis malas notas como una prueba de que no era suficiente. Ahora podía mirar ese mismo papel y recordar todo lo que había hecho para llegar hasta allí. Las horas trabajando, las noches sin dormir, los momentos en los que quise abandonar, las veces que pensé que no podía más y aquella pequeña voz que, gracias a una persona que creyó en mí, decidió seguir intentándolo.
Hoy trabajo y también doy charlas ocasionalmente en colegios. Cada vez que veo a un estudiante que parece desanimado, intento recordar algo que aprendí cuando tenía diecisiete años: uno nunca sabe qué batalla está librando la persona que tiene delante. Tal vez ese alumno que llega tarde está trabajando. Tal vez quien no entrega una tarea está cuidando a alguien en casa. Tal vez quien parece distraído está atravesando algo que nadie conoce. Y quizá aquel estudiante que todos consideran un fracaso solo necesita que alguien le diga una frase que cambie la manera en que se ve a sí mismo.
Hace poco encontré nuevamente aquel examen en una caja vieja. Lo sostuve entre mis manos y pensé en el muchacho que fui. Ese chico estaba convencido de que no tenía futuro. No sabía que algún día conseguiría una beca, terminaría sus estudios, tendría un trabajo que le gustaba y estaría frente a otros jóvenes contando su historia. No sabía que aquella etapa difícil no era el final de su vida, sino apenas una parte de ella.
Y entonces entendí algo que me hizo llorar.
El profesor Ramírez no me salvó de mis problemas.
No hizo que desaparecieran.
No consiguió dinero para mi familia.
No estudió por mí.
Solo hizo algo que, para mí, terminó siendo mucho más importante: se negó a creer que yo era un fracaso cuando yo ya había empezado a creerlo.
A veces pensamos que para cambiar la vida de una persona tenemos que hacer algo enorme. Pero quizá no siempre sea así. A veces basta con escuchar. Con preguntar qué está pasando. Con decir “yo creo que puedes”. Con no juzgar demasiado rápido.
Porque quizá, sin saberlo, podemos convertirnos en esa persona que alguien recuerda toda su vida.
Yo todavía tengo aquel examen.
Y cada vez que lo miro, no recuerdo la mala nota.
Recuerdo al profesor que vio algo en mí cuando yo ya no podía verlo.
Y por eso, si alguna vez tienes delante a alguien que está fracasando, que llega cansado, que comete errores o que parece haber perdido las ganas de seguir, antes de decirle que no sirve para nada, pregúntale qué está viviendo.
Porque tal vez no estás frente a una persona sin capacidad.
Tal vez estás frente a alguien que simplemente está cansado.
Y quizá unas pocas palabras de alguien que crea en él sean suficientes para que vuelva a intentarlo.
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