Sobreviví a un accidente aéreo y pasé 11 días en la selva peruana
El 24 de diciembre de 1971 viajaba junto a mi madre desde Lima hacia Pucallpa en el vuelo 508 de la aerolínea LANSA. Mi padre se encontraba allí y nuestra intención era reunirnos con él para pasar juntos la Navidad, era un viaje que debía ser relativamente corto y no había ninguna razón para pensar que algo extraordinario pudiera ocurrir, pero nunca llegamos a nuestro destino.
El vuelo 508. Después de despegar de Lima las condiciones meteorológicas comenzaron a empeorar y el avión entró en una zona de fuerte tormenta y turbulencia. Durante el vuelo ocurrió una emergencia y la aeronave terminó desintegrándose en el aire mientras yo todavía permanecía sujeta a una sección de asientos.
No recuerdo con claridad todo lo que ocurrió durante aquellos momentos, lo siguiente que pude recordar fue despertar en medio de la selva después de haber perdido el conocimiento. Estaba herida y desorientada, pero podía moverme y caminar, algo difícil de comprender después de lo que acababa de suceder.
Durante las primeras horas permanecí cerca del lugar intentando entender lo ocurrido y buscando alguna señal de mi madre o de otros pasajeros. Miraba alrededor esperando encontrar a alguien que también hubiera sobrevivido, pero no encontré a ninguna persona con vida cerca de mí y poco a poco comprendí que estaba completamente sola en medio de la Amazonía.
Decidí seguir el agua. Sabía que permanecer esperando en el mismo lugar podía ser peligroso porque la vegetación era tan densa que resultaba muy difícil que los equipos de búsqueda pudieran verme desde el aire. Entonces recordé algo que había aprendido gracias a mis padres, si alguna vez me encontraba perdida en la selva debía buscar un curso de agua y seguirlo porque los pequeños arroyos normalmente conducen hacia otros más grandes y finalmente pueden llegar hasta ríos donde existen mayores posibilidades de encontrar personas.
Encontré un pequeño curso de agua y decidí seguirlo sin saber exactamente hacia dónde me llevaría. No tenía un mapa, desconocía el lugar exacto donde había caído y tampoco sabía cuántos kilómetros me separaban de algún pueblo o asentamiento, solamente tenía una idea clara, debía continuar siguiendo el agua.
Tenía muy poca comida. Durante los primeros días encontré algunos dulces que habían caído del avión y fueron prácticamente el único alimento que tuve disponible. Gracias a lo que había aprendido sobre la selva sabía que podía ser peligroso comer plantas o frutos que no pudiera identificar correctamente, así que preferí no arriesgarme y continué avanzando con los pocos recursos que tenía.
A medida que caminaba el pequeño curso de agua comenzó a hacerse cada vez mayor y para mí aquello era una señal positiva porque significaba que podía estar acercándome a un río más grande. Durante el día avanzaba todo lo que podía y cuando llegaba la noche intentaba descansar para recuperar fuerzas, aunque con el paso de los días el cansancio aumentaba y continuar se hacía cada vez más difícil.
Los aviones estaban buscándonos. En algunos momentos pude escuchar aviones sobrevolando la zona y comprendí que probablemente pertenecían a los equipos que estaban buscando los restos del vuelo y posibles supervivientes. Saber que había personas buscándonos me daba esperanza, pero también existía un problema muy grande porque la selva era extremadamente densa y aunque yo podía escuchar perfectamente los motores sobre mi cabeza, desde el aire era muy difícil distinguir a una persona debajo de los enormes árboles.
Comprendí que no podía depender solamente de esperar a que alguien me encontrara, por eso seguí avanzando junto al agua mientras los días continuaban pasando. Cada jornada significaba caminar un poco más con la esperanza de encontrar alguna señal de presencia humana.
Las señales del accidente. Durante mi recorrido encontré evidencias de que diferentes partes del avión habían caído en distintos lugares de la selva y aquello me permitió comprender mejor la magnitud del accidente. También encontré víctimas y continué buscando alguna señal que pudiera indicarme qué había ocurrido con mi madre.
No conseguí encontrarla y tampoco sabía si podía haber sobrevivido en algún otro punto de la selva. En ese momento mi prioridad era continuar avanzando hasta encontrar un lugar habitado donde pudiera pedir ayuda y comunicar que seguía con vida.
Una embarcación cambió mi situación después de varios días siguiendo el curso del agua encontré algo que inmediatamente me devolvió la esperanza, era una embarcación. Su presencia significaba que algunas personas utilizaban aquella zona y que probablemente no me encontraba demasiado lejos de algún tipo de actividad humana.
Cerca del lugar también encontré una pequeña construcción utilizada por trabajadores de la zona. Cuando llegué no había nadie allí, pero decidí permanecer porque pensé que si alguien había dejado una embarcación y utilizaba aquel refugio, tarde o temprano tendría que regresar.
Al día siguiente llegaron varios hombres y se sorprendieron al encontrarme en esas condiciones. Les expliqué que era una pasajera del avión que había sufrido el accidente días antes y ellos ya conocían la noticia de la desaparición del vuelo. Finalmente me ayudaron y pude ser trasladada para recibir atención médica después de haber pasado aproximadamente once días intentando encontrar una salida de la selva.
Fui la única superviviente después de ser rescatada conocí la verdadera magnitud de lo que había ocurrido. En el vuelo LANSA 508 viajaban 92 personas y yo fui la única superviviente conocida del accidente.
Mi madre, Maria, también viajaba conmigo y no sobrevivió. Con el tiempo supe que las autoridades y los equipos de rescate habían estado buscando los restos del avión mientras yo intentaba encontrar una salida siguiendo los cursos de agua.
Los conocimientos que había adquirido gracias a mis padres resultaron fundamentales durante aquellos días, especialmente algo tan sencillo como saber que seguir un curso de agua podía aumentar mis posibilidades de encontrar un río y finalmente llegar hasta personas.
¿Cómo pude sobrevivir? mi supervivencia fue consecuencia de una combinación de circunstancias extraordinarias. Cuando el avión se desintegró permanecí sujeta a una sección de asientos y diferentes factores relacionados con la caída y la vegetación pudieron contribuir a que sobreviviera al impacto.
Después del accidente tuve otra ventaja importante, conocía la selva y había aprendido a respetarla gracias a mis padres. No sabía exactamente dónde estaba ni podía tener la seguridad de que encontraría ayuda, pero tenía algunos conocimientos que me permitieron tomar decisiones importantes mientras buscaba una salida.
Años después regresé al lugar relacionado con aquella historia y continué vinculada al estudio de la naturaleza siguiendo en parte el camino científico de mis padres. Mi supervivencia llegó a ser conocida en diferentes partes del mundo y muchas personas todavía se preguntan cómo una joven de solamente 17 años pudo sobrevivir a un accidente aéreo y permanecer tantos días perdida en la Amazonía.
El 24 de diciembre de 1971 había subido a un avión en Lima junto a mi madre con la intención de reunirnos con mi padre para celebrar la Navidad. Once días después conseguí salir de la selva con vida y más tarde supe que había sido la única superviviente de un vuelo en el que viajaban 92 personas.
Sobrevivir fue algo extraordinario, pero aquella experiencia también significó perder a mi madre y cambiar mi vida para siempre. Muchos años han pasado desde aquel día, pero lo ocurrido en el vuelo 508 continúa siendo una parte de mi historia que nunca podré olvidar.
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